Introducción
Basta la primera frase para reconocer el tono: irónico, mundano, letalmente preciso. Orgullo y prejuicio (1813) abre anunciando que todo soltero rico «necesita» una esposa, y en esa broma cabe toda la novela: un mundo donde el matrimonio es economía, y el amor, la excepción que hay que ganarse. Jane Austen escribió la comedia romántica perfecta y, de paso, una de las críticas sociales más finas de su siglo.
Elizabeth Bennet, ingeniosa e independiente, y el altivo señor Darcy protagonizan uno de los cortejos más imitados de la literatura. Pero lo que hace inmortal al libro no es que acaben juntos —eso lo adivinamos pronto—, sino cómo llegan: derribando cada uno el defecto que da título a la obra, el orgullo de él y el prejuicio de ella. Austen convierte el malentendido en un arte y la conversación en un duelo.