Introducción
Hay obras que nacen incómodas, que llegan al mundo rozando los bordes de lo que su época está dispuesta a tolerar, y que precisamente por eso sobreviven a todo. Orestes de Eurípides es una de ellas. Estrenada en Atenas en el año 408 a.C., apenas dos años antes de la muerte de su autor, esta tragedia desconcertó a sus contemporáneos y sigue desconcertando hoy, y esa incomodidad sostenida es, quizás, la prueba más honesta de su grandeza.
El mito de Orestes era territorio conocido para cualquier ateniense que se sentara en las gradas del teatro de Dioniso. Esquilo lo había convertido en una meditación solemne sobre la justicia y el orden cósmico. Sófocles lo había tallado con la precisión fría de quien esculpe mármol. Pero Eurípides hizo algo radicalmente distinto: tomó ese mismo mito y lo arrastró hacia la luz cruda de lo humano, demasiado humano. Aquí no hay dioses que ordenen el caos desde arriba. Hay, en cambio, un joven al borde de la locura, una hermana que lo sostiene con desesperación, y un mundo que les da la espalda.
Lo que hace singular a esta obra no es el argumento —que cualquier manual puede resumir— sino el tono, esa temperatura extraña que lo impregna todo. Eurípides escribe como si desconfiara de los héroes, como si le resultara imposible mirar a Orestes sin ver también al asesino, al enfermo, al muchacho aterrado que se aferra a cualquier tabla de salvación. La tragedia griega clásica solía elevar a sus personajes; Eurípides los baja, los pone a la altura de los ojos, y eso, en su momento, fue casi un escándalo.
Electra aparece aquí no como la figura hierática que conocemos de otras versiones, sino como alguien capaz de una lealtad feroz y también de decisiones que nos turban. Pílades, el amigo fiel, pronuncia en esta obra uno de los discursos más perturbadores de todo el teatro antiguo. Y Orestes mismo oscila entre la víctima y el verdugo con una fluidez que no deja al espectador —ni al lector— un lugar cómodo donde instalarse.
Eurípides era el más joven de los tres grandes trágicos y, en muchos sentidos, el más moderno. Aristófanes se burlaba de él. Aristóteles lo criticaba. Los públicos lo amaban y lo abucheaban casi a partes iguales. Ganó pocas veces el primer premio en los festivales dramáticos, y sin embargo fue el autor más leído, más copiado y más representado de la Antigüedad tardía. Algo en su escritura tocaba una cuerda que la solemnidad de sus predecesores no alcanzaba.
Esa cuerda vibra con especial intensidad en Orestes. Porque esta es, entre otras cosas, una obra sobre lo que ocurre después: después del crimen, después de la justificación moral, después de que los dioses han hablado y el mundo sigue sin encajar. Es una tragedia sobre el peso de vivir con lo que uno ha hecho, y sobre cómo la culpa puede volverse indistinguible de la enfermedad.
Leerla hoy es encontrarse con algo que el teatro posterior —Shakespeare, Racine, incluso el drama contemporáneo— ha heredado sin siempre saberlo. La psicología rota de sus personajes, la política como fuerza destructiva que se cuela en lo íntimo, la amistad puesta a prueba en condiciones extremas: todo eso está aquí, escrito hace veinticuatro siglos con una urgencia que no ha envejecido.
Abra estas páginas sin buscar la tragedia majestuosa y distante que quizás espera. Lo que encontrará es algo más parecido a un temblor.