Introducción
Hay textos que no se leen: se padecen. «Nyarlathotep» es uno de ellos, y lo curioso es que Lovecraft lo sabía desde el momento en que lo escribió, porque este relato —si es que merece llamarse relato— nació de un sueño. En una carta a su amigo Reinhardt Kleiner, el autor describió cómo se había despertado en mitad de la noche con una visión tan perturbadora que corrió a transcribirla antes de que la vigilia se la arrebatara. Lo que quedó sobre el papel no era exactamente una historia. Era algo más parecido a una herida.
Publicado en 1920, este texto brevísimo —apenas unas páginas— ocupa un lugar extraño incluso dentro de la obra de Lovecraft. No tiene protagonista en el sentido convencional, ni trama que avance hacia una resolución, ni monstruo que pueda describirse con precisión. Tiene, en cambio, una atmósfera que lo devora todo: la sensación de que el mundo tal como lo conocemos está a punto de terminar, no con una explosión ni con una guerra, sino con algo mucho más inquietante: la indiferencia absoluta del cosmos.
Nyarlathotep es una figura que aparece entre los hombres como un faraón oscuro llegado de Egipto, un charlatán que recorre las ciudades mostrando prodigios eléctricos a multitudes hipnotizadas. Pero describir así al personaje es casi un insulto a lo que Lovecraft consigue: porque Nyarlathotep no es un villano, no es un dios malévolo en el sentido religioso. Es algo peor. Es el mensajero de un universo que no nos odia, sino que simplemente no nos ve.
Lo que hace singular a este texto dentro del canon lovecraftiano es su forma. Escrito en una prosa que oscila entre el poema en prosa y la pesadilla febril, «Nyarlathotep» prescinde de la arquitectura narrativa habitual y apuesta por la acumulación de imágenes que se disuelven unas en otras. Leerlo es como intentar recordar un sueño mientras todavía se está soñando: las escenas tienen coherencia emocional pero no lógica, y esa inestabilidad es precisamente su poder.
Lovecraft era un hombre atormentado por el tiempo —por su paso, por su vastedad, por la pequeñez que revela en todo lo humano— y pocas veces esa obsesión cristalizó con tanta pureza como aquí. Las ciudades que describe no son ciudades reconocibles: son ciudades en proceso de ser olvidadas por la realidad misma. Las multitudes que siguen a Nyarlathotep no están siendo engañadas; están siendo disueltas.
Hay una paradoja hermosa en el hecho de que un texto tan corto haya generado tanto. Nyarlathotep se convertiría con los años en una de las figuras más recurrentes de los Mitos de Cthulhu, retomada por decenas de autores y adaptada a juegos, películas y cómics. Pero ninguna de esas versiones posteriores tiene la extrañeza radical del original, porque ninguna nació de un sueño verdadero.
El lector que se acerque a estas páginas buscando una historia de terror convencional encontrará algo diferente y, con suerte, algo mejor: un ejercicio de desorientación controlada, una prosa que trabaja sobre los nervios antes que sobre el intelecto. No hay que entender «Nyarlathotep»; hay que atravesarlo, como se atraviesa una tormenta, con la certeza de que al otro lado uno no saldrá exactamente igual.
Pocas veces tan pocas palabras han bastado para hacer sentir el vértigo de lo infinito. Ábralo, pues, con la luz encendida. O no. Quizá con la luz apagada sea más honesto.