Introducción
«Llamadme Ismael.» Pocas novelas se abren con una frase tan sencilla y tan cargada de misterio, y pocas contienen un mundo tan vasto como el que se despliega tras ella. Moby Dick es una de esas obras que desbordan cualquier definición: novela de aventuras y tratado filosófico, epopeya y tragedia, enciclopedia del mar y parábola sobre el alma humana. Un libro descomunal, salvaje y magnífico, que su época no supo apreciar y que hoy se cuenta entre las cimas absolutas de la literatura.
La historia, en apariencia, es simple. Ismael, un joven melancólico que busca en el mar un remedio para su desazón, se enrola en el Pequod, un ballenero que zarpa de Nantucket. Pronto descubre que su capitán, Ahab, no navega por dinero ni por oficio, sino movido por una idea fija que lo devora: cazar y matar a Moby Dick, el enorme cachalote blanco que en un viaje anterior le arrancó una pierna. Para Ahab, la ballena no es un animal, sino la encarnación de todo el mal del universo, y su persecución se convierte en una cruzada personal contra el destino mismo.
En torno a esa caza obsesiva, Melville construye un relato de una riqueza asombrosa. Están los hombres del Pequod, una tripulación de todas las razas y credos —el noble arponero caníbal Queequeg, el sensato primer oficial Starbuck, y tantos otros—; están las tempestades, las cacerías vertiginosas, los mares de medio mundo. Y están, sobre todo, las digresiones magníficas en que el autor se detiene a hablarnos de las ballenas, del oficio ballenero, del color blanco, de la soledad y del sentido de la vida, convirtiendo la novela en una especie de suma del conocimiento y la reflexión humanas.
Porque bajo la aventura late siempre una pregunta más honda. ¿Qué es esa ballena blanca? Para Ahab, el rostro del mal; para otros, la naturaleza indiferente, o Dios, o el misterio inescrutable del universo. «Todos los objetos visibles no son sino máscaras de cartón», dice el capitán en su discurso más célebre; y él quiere golpear a través de la máscara, arrancar el sentido último de las cosas aunque en ello le vaya la vida. Ahab es una de las grandes figuras trágicas de la literatura: un hombre grandioso y terrible, cegado por una obsesión que lo eleva y lo condena a la vez.
El resultado es una obra de una ambición sin igual, que mezcla la acción trepidante con la meditación metafísica, el humor con lo sublime, lo concreto de un arpón con lo infinito del océano. Melville escribe con una prosa poderosa, bíblica y shakespeariana, capaz de convertir una cacería de ballenas en una tragedia cósmica sobre el orgullo, el conocimiento y los límites del ser humano frente a lo desconocido.
Cuando se publicó, en 1851, fue un fracaso que hundió la carrera de su autor. Solo décadas después de su muerte se reconoció su grandeza. Hoy sabemos que Melville escribió no solo la gran novela del mar, sino uno de los libros más profundos y desmesurados jamás concebidos: una aventura inolvidable y, al mismo tiempo, un abismo en el que cada lector encuentra su propio reflejo.