Introducción
Durante un paseo en coche, un viejo pintor, Léon Chenal, accede a contar «el amor más lamentable» de su vida. Siendo joven, vagabundeaba por la costa de Normandía pintando del natural, libre y feliz, hasta que recaló en una pequeña granja-posada de Bénouville. Allí vivía también una huésped singular: miss Harriet, una vieja inglesa flaca, rígida y puritana, de rostro «de momia» y tirabuzones grises, que repartía folletos protestantes, no hablaba con nadie y adoraba con fervor la naturaleza y a todos los seres vivos «que no son los hombres». En el pueblo la tenían por atea y excéntrica.
Poco a poco, el amor compartido por el paisaje acerca al pintor y a la solitaria inglesa. Ella, que jamás había sido amada, se enternece ante aquel joven amable y admira sus cuadros; en su corazón reseco brota, tarde y en silencio, una ternura desesperada. El pintor lo advierte y se conmueve, pero no puede corresponderla. Y un día, miss Harriet lo sorprende besando a Céleste, la moza de la granja. El golpe es mortal para ella.
Poco después, la anciana aparece ahogada en el fondo del pozo. El pintor, solo, prepara su cuerpo, lo cubre de flores del campo que ella tanto amaba y lo vela toda la noche, meditando sobre aquella existencia desdichada a la que la «implacable naturaleza» negó toda belleza y todo afecto, sin darle siquiera «la esperanza de ser amada una vez». Y al alba, inclinándose sobre el cadáver, le da «un largo beso sobre aquellos labios que nunca habían recibido uno». «Miss Harriet» es una de las obras maestras de Maupassant: un retrato de infinita compasión sobre la soledad, la fealdad, el amor imposible y la crueldad del destino.