Introducción
En la Sevilla de antaño había un músico al que todos esperaban durante todo el año. Maese Pérez, el organista ciego de la iglesia de Santa Inés, tocaba la misa de Nochebuena de una manera que no parecía humana: cuando sus manos se posaban en el teclado, la gente lloraba, se estremecía, creía asomarse por un instante al cielo. Ir a oírlo aquella noche era, para los sevillanos, casi un rito sagrado.
Maese Pérez el organista arranca con ese retrato entrañable de un hombre humilde y bueno cuyo único orgullo es su arte. Ciego, pobre, ajeno a la fama, maese Pérez encarna al artista puro, el que toca no por vanidad ni por dinero, sino porque a través de la música roza algo más grande que él mismo.
Frente a él, Bécquer coloca su reverso: la vanidad. Porque toda gloria despierta envidias, y en la historia asoma otro organista movido por el amor propio, incapaz de entender que el verdadero talento nace de la entrega y no del deseo de brillar. Ese contraste entre humildad y soberbia da al relato su columna moral.
Pero lo que ha hecho inmortal a esta leyenda es su parte de misterio. Bécquer sugiere que un arte tan verdadero, tan lleno de alma, quizás no pueda extinguirse del todo con la muerte de quien lo creó; que hay músicas que siguen sonando más allá de lo explicable. El prodigio, cuando llega, no da miedo: emociona hasta las lágrimas.
Como siempre, la ambientación es magistral. La Sevilla nocturna, la iglesia iluminada, el gentío conteniendo el aliento, el órgano como un ser casi vivo: Bécquer hace de la Nochebuena un escenario mágico donde lo cotidiano y lo sobrenatural se dan la mano con la naturalidad de un villancico.
Es una lectura breve, tierna y luminosa, distinta del terror de otras leyendas: aquí el prodigio es hermoso y consolador. Perfecta para las fechas navideñas y para cualquiera que crea que el arte auténtico tiene algo de eterno.
Entra en Santa Inés la noche de Navidad y espera, con toda Sevilla, a que suene el órgano. Descubrirás por qué esta es una de las leyendas más queridas de Bécquer.