Introducción
Hay cuentos que consuelan y cuentos que inquietan. Los primeros nos arrullan; los segundos nos persiguen. «Los zapatos rojos» pertenece sin ninguna duda al segundo grupo, y quizá por eso sigue vivo más de ciento cincuenta años después de que Hans Christian Andersen lo escribiera: porque toca algo que no envejece, algo que late justo debajo de la piel del deseo.
Andersen nació en la pobreza de Odense, hijo de un zapatero remendón, y conoció desde niño la diferencia brutal entre lo que se tiene y lo que se anhela. Esa distancia —entre la necesidad y el lujo, entre la humildad y la vanidad— impregna muchos de sus cuentos, pero en ninguno arde con tanta intensidad como aquí. Cuando imaginó unos zapatos de un rojo imposible, suntuoso, prohibido, estaba destilando algo que había visto y sentido de cerca: la tentación de lo bello cuando uno ha crecido sin belleza.
Lo extraordinario de este cuento es que Andersen no escribe sobre la maldad, sino sobre algo mucho más incómodo: la fascinación. Su protagonista no es una villana; es una niña que quiere, con toda la fuerza de su corazón, unos zapatos que brillan. Y en ese querer —tan humano, tan comprensible— se abre el abismo. Porque los zapatos rojos no son solo un objeto: son la metáfora más perturbadora que el autor danés construyó jamás sobre lo que ocurre cuando el deseo se vuelve más grande que uno mismo.
Andersen tenía el don —raro, casi cruel— de escribir para niños historias que en realidad hablan a los adultos en un idioma que los niños aún no descifran del todo. Un niño lee «Los zapatos rojos» y siente el escalofrío de algo oscuro que no sabe nombrar. Un adulto lo relee y reconoce, con cierta incomodidad, que entiende perfectamente a esa niña. Que la ha sido, de algún modo. Que quizá lo sigue siendo.
El cuento es breve —como casi todo lo que dura para siempre— y su ritmo tiene algo de danza inevitable, de música que no se puede detener. Andersen construye la tensión con una economía prodigiosa: pocas palabras, imágenes precisas, una lógica interna que avanza como una corriente submarina. Nada sobra. Nada falta. Y sin embargo, cuando termina, uno tiene la sensación de haber leído algo mucho más largo, mucho más denso, como si el cuento hubiera crecido hacia adentro mientras se leía.
Hay en estas páginas una severidad que puede sorprender al lector moderno, acostumbrado a finales que redimen y moralejas que acarician. Andersen no acaricia. Su mundo es el de los cuentos de la tradición oral nórdica: hermoso y despiadado a la vez, lleno de una justicia que a veces resulta difícil de aceptar. Pero precisamente en esa incomodidad reside su grandeza: este cuento no nos deja tranquilos porque no pretende hacerlo.
Leerlo hoy es descubrir que ciertos relatos no necesitan actualizarse porque nunca fueron de su época. Fueron, desde el principio, de todas. Los zapatos siguen brillando. Siguen bailando. Y uno, inevitablemente, sigue mirándolos.