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Portada de Los sueños en la casa de la bruja

H. P. Lovecraft

Los sueños en la casa de la bruja

Hay casas que no se pueden habitar sin pagar un precio. No me refiero al alquiler ni a las goteras, sino a algo más antiguo y más difícil de nombrar: esa sensación de que los ángulos de una habitación no son del todo correctos, de que las paredes convergen de un modo que la geometría ordinaria no debería permitir. Howard Phillips Lovecraft conocía bien esa sensación, y en este relato la convirtió en arquitectura.
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Portada de Los sueños en la casa de la bruja
Los sueños en la casa de la bruja
H. P. Lovecraft

Introducción

Hay casas que no se pueden habitar sin pagar un precio. No me refiero al alquiler ni a las goteras, sino a algo más antiguo y más difícil de nombrar: esa sensación de que los ángulos de una habitación no son del todo correctos, de que las paredes convergen de un modo que la geometría ordinaria no debería permitir. Howard Phillips Lovecraft conocía bien esa sensación, y en este relato la convirtió en arquitectura.

Walter Gilman es un estudiante de matemáticas que alquila una buhardilla en Arkham, Massachusetts, en una vieja casa de la que los vecinos hablan poco y mal. Lo que le atrae no es el precio, sino precisamente eso: los ángulos extraños del cuarto, las esquinas que parecen doblarse hacia dimensiones que ningún manual de geometría euclidiana contempla. Gilman estudia matemáticas superiores y física cuántica, y cree —con la arrogancia serena del intelectual joven— que la razón puede explicarlo todo, incluso lo que los aldeanos atribuyen a la brujería.

Lovecraft escribió este relato en 1932, en uno de los períodos más fértiles y oscuros de su vida. Para entonces había desarrollado ya con plena madurez lo que él mismo llamaba cosmicismo: la convicción de que el universo es indiferente al ser humano, de que existen fuerzas y entidades tan vastas y ajenas que nuestra mente no puede contenerlas sin quebrarse. Pero aquí hace algo más sofisticado que el simple horror sobrenatural: tiende un puente deliberado entre la superstición medieval y la física de vanguardia de su época, entre la bruja Keziah Mason y las geometrías no euclidianas, entre el folklore de Nueva Inglaterra y las teorías sobre el espacio-tiempo que entonces sacudían el mundo científico.

Esa es la apuesta singular del relato, y es una apuesta valiente. Lovecraft sugiere que la magia y la ciencia no son opuestos sino vecinos incómodos: que quien aprende a doblar el espacio puede cruzar umbrales que ningún ser humano debería cruzar. Los sueños de Gilman no son fantasías románticas sino viajes reales a través de planos de existencia donde la geometría se vuelve nauseabunda, donde el color y la forma pierden su sentido familiar y donde algo —o alguien— lo espera al otro lado.

El pequeño familiar de Keziah, esa criatura conocida como Brown Jenkin, merece mención aparte. Pocas imágenes en toda la literatura de terror resultan tan persistentemente perturbadoras con tan pocos trazos. Lovecraft tenía ese don: la insinuación precisa, el detalle que la imaginación del lector completa de un modo que ninguna descripción explícita podría superar.

Leer a Lovecraft hoy exige y recompensa a partes iguales. Su prosa es densa, deliberadamente arcaizante, construida para crear una atmósfera de acumulación y agobio. No es un autor que se lea corriendo. Es un autor que se habita, igual que Gilman habita su buhardilla: con creciente incomodidad, con la certeza de que algo en el ambiente no está bien, con el deseo simultáneo de marcharse y de saber qué hay detrás de esa pared.

Este relato en particular ocupa un lugar especial dentro de su obra porque es, quizás, el más intelectualmente ambicioso de sus cuentos de terror puro. No se conforma con asustar: quiere convencer. Quiere que el lector sienta, aunque sea por un instante, que las matemáticas pueden ser una llave, y que algunas puertas es mejor no abrir.

La buhardilla está al fondo del pasillo. Los ángulos son incorrectos. Gilman ya ha subido.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

No toda frase es una gema: una gema se sostiene sola, dice algo profundo y resuena en cualquiera.

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