Introducción
Hay libros que se leen como se escucha a alguien que habla demasiado cerca, con la voz tensa y los ojos fijos en los tuyos. Los siete locos es uno de ellos. Desde las primeras páginas, Roberto Arlt instala una incomodidad que no es desagrado sino reconocimiento: algo en esas calles de Buenos Aires, en esos cuartos de pensión con olor a humedad y fracaso, nos resulta más verdadero que muchas novelas escritas con guantes blancos.
Arlt publicó esta novela en 1929, y el año importa. Argentina vivía la euforia y la angustia de una modernidad importada a toda prisa, una ciudad que crecía a empujones, llena de inmigrantes que habían cruzado el océano cargando sueños y habían encontrado, en el mejor de los casos, un trabajo miserable y un apellido difícil de pronunciar. Arlt era hijo de eso. No escribía sobre los márgenes: escribía desde adentro, con la rabia de quien sabe exactamente a qué huele la derrota cotidiana.
El protagonista, Remo Erdosain, es un hombre que debe dinero, que ha robado sin grandeza, que su mujer acaba de abandonar. Podría ser el antihéroe de una novela naturalista, condenado por las circunstancias. Pero Arlt hace algo mucho más perturbador: lo convierte en un ser que piensa, que delira, que construye teorías sobre el mundo con la misma desesperación con que otros construyen coartadas. Erdosain no busca redención; busca una salida que tenga la forma de una idea.
Y ahí aparece el Astrólogo, esa figura magnética y siniestra que promete una conspiración, una sociedad secreta, una revolución que nadie sabe muy bien hacia dónde apunta. Los personajes que orbitan alrededor de este proyecto imposible son los que dan título a la novela: figuras rotas, visionarias y ridículas al mismo tiempo, capaces de hablar durante horas sobre el sentido de la existencia mientras planean crímenes o negocios turbios. Arlt los trata con una mezcla de crueldad y ternura que es, quizás, su mayor talento.
Lo que hace única a esta novela no es su argumento sino su temperatura. Hay en ella una fiebre que no baja. Los personajes no descansan, no hacen pausas para contemplar el paisaje; piensan, discuten, se humillan y se exaltan en un crescendo que tiene algo de pesadilla lúcida. Arlt escribe con urgencia, con esa prosa áspera que sus contemporáneos más refinados miraban con condescendencia y que hoy reconocemos como una forma de honestidad radical.
Borges y Arlt representaron durante décadas dos maneras de entender la literatura argentina, casi dos países distintos dentro del mismo idioma. Borges: la precisión, el laberinto elegante, la biblioteca. Arlt: el ruido, la calle, la máquina que no funciona bien pero que funciona. El tiempo ha sido generoso con los dos, pero hay momentos —y este puede ser uno— en que la literatura de Arlt golpea con una fuerza que la perfección no siempre alcanza.
Leer Los siete locos es también preguntarse qué hacemos con nuestros propios delirios, con esas ideas que alimentamos en silencio sobre cómo debería ser el mundo o cómo deberíamos ser nosotros. Erdosain y sus compañeros de infortunio no son monstruos ni locos clínicos: son personas que han llevado sus contradicciones hasta el límite, que se han negado a resignarse con discreción. En eso hay algo que incomoda porque interpela.
Esta es una novela que no cierra del todo, que termina abriéndose hacia otra —Los lanzallamas, su continuación directa— como si Arlt hubiera entendido que ciertas historias no merecen el consuelo de un punto final. Antes de llegar a ese borde, sin embargo, hay un recorrido que vale cada página de su turbulencia.