Introducción
Hay novelas que comienzan con una herencia y terminan con una idea. Esta es una de ellas. Cuando Julio Verne concibió Los quinientos millones de la begun, no estaba pensando únicamente en la fortuna fabulosa que da título al libro ni en los dos hombres que la reclaman: estaba pensando en Europa, en el futuro, en el miedo. Y eso, precisamente, es lo que convierte a esta novela en algo más que una aventura de su tiempo.
Publicada en 1879, la historia nace de una pregunta tan sencilla como perturbadora: ¿qué haría cada pueblo con una riqueza sin límites? La respuesta que Verne construye es, a la vez, un experimento mental y una fábula política. Dos herederos —uno francés, otro alemán— reciben una fortuna colosal y deciden emplearla de maneras radicalmente opuestas. Lo que surge de esa elección no es solo un conflicto entre dos hombres, sino el choque entre dos visiones del mundo, dos filosofías de la civilización, dos formas de entender para qué sirve el progreso.
Verne escribió este libro apenas ocho años después de la guerra franco-prusiana, cuando la derrota francesa todavía escocía y la figura de Alemania proyectaba una sombra larga sobre el continente. Esa herida reciente late bajo cada página, pero el autor tuvo la inteligencia —y la valentía— de no quedarse en el rencor. Lo que construyó es algo más duradero que la propaganda: una advertencia sobre cómo la ciencia y la industria pueden ponerse al servicio de la destrucción con la misma facilidad que al servicio del bienestar.
El doctor Sarrasin y el profesor Schultze son dos de sus criaturas más memorables, no porque sean personajes complejos en el sentido psicológico moderno, sino porque cada uno encarna una posibilidad real del ser humano. Uno edifica; el otro calcula. Uno sueña con una ciudad ideal; el otro diseña un cañón capaz de aniquilarla. Y Verne nos obliga a mirar a ambos con atención, porque sabe que el peligro verdadero no es el monstruo irreconocible, sino el hombre perfectamente razonable que ha decidido que sus razones justifican todo.
Hay en estas páginas una tensión que no se parece a la de otras novelas de Verne. No es la tensión del explorador ante lo desconocido ni la del náufrago contra los elementos: es la tensión de quien observa cómo se construye algo terrible con toda la frialdad del método científico. La France-Ville utópica y la Stahlstadt industrial son dos ciudades imaginarias que, sin embargo, resultan inquietantemente familiares. El siglo XX las haría reales de maneras que Verne no pudo prever del todo, pero sí presentir.
Leer esta novela hoy es descubrir que algunas preguntas no envejecen: ¿a quién sirve la tecnología?, ¿quién decide el uso de los recursos colectivos?, ¿puede la razón volverse contra la humanidad que la inventó? Verne las formuló con la agilidad del narrador nato, sin detenerse a filosofar en voz alta, dejando que la trama respondiera por él.
Es también, no hay que olvidarlo, una novela de aventuras en el sentido más genuino: hay persecuciones, infiltraciones, ingenio puesto a prueba y momentos de suspense construidos con la precisión de un relojero. Verne nunca sacrificó el placer de la lectura en el altar de las ideas. Sabía que una historia que no se disfruta no llega a ningún lado.
Quinientos millones son muchas razones para empezar a leer. Pero la mejor de todas es esta: pocas veces un escritor del siglo XIX miró tan directamente hacia nosotros.