Introducción
Hay algo profundamente perturbador en desear poseer lo que pertenece a otro. No el dinero, no la tierra, sino algo más íntimo y más difícil de nombrar: las palabras privadas de un poeta muerto, las cartas que escribió cuando amaba, los papeles que guardó porque eran demasiado suyos para mostrarlos al mundo. Henry James construyó sobre ese deseo una novela corta que, desde su publicación en 1888, no ha dejado de incomodar a sus lectores de la manera más elegante posible.
El narrador de Los papeles de Aspern es un estudioso literario convencido de que el fin justifica los medios. Viaja a Venecia con un plan: infiltrarse en la vida de dos mujeres ancianas —una de ellas antigua amante del gran poeta Jeffrey Aspern, ya fallecido— para hacerse con los documentos que ellas custodian. Es un hombre culto, entusiasta, capaz de razonar con brillantez cada uno de sus pasos. Y es, también, alguien que miente desde el principio. James nos lo entrega como narrador y como protagonista al mismo tiempo, y esa doble condición es la trampa más hermosa del libro: escuchamos su voz, seguimos su lógica, casi le damos la razón, y de pronto nos descubrimos cómplices de algo que no sabemos muy bien cómo juzgar.
La Venecia que aparece aquí no es la postal luminosa que otros escritores frecuentaron. Es una ciudad de interiores sombríos, de jardines abandonados, de tardes que se alargan sin resolverse. James la usa como escenario perfecto para una historia sobre el tiempo y sus residuos: lo que queda de una vida cuando la vida termina, lo que tiene derecho a reclamar la posteridad, lo que merece permanecer oculto para siempre.
Juliana Bordereau, la anciana que posee los papeles, es uno de los personajes más extraordinarios que James escribió jamás. Aparece poco, habla menos, y sin embargo domina cada página en que está presente. Hay en ella una inteligencia fría y una voluntad de acero que hacen al narrador —y al lector— sentirse constantemente observado y evaluado. Frente a ella, toda la astucia del estudioso parece infantil.
Lo que James explora en este relato es una pregunta que la cultura moderna no ha terminado de responder: ¿a quién pertenece la vida de un artista? ¿Tienen derecho los admiradores, los críticos, los biógrafos, a hurgar en lo que alguien eligió no mostrar? La pregunta no es retórica ni académica. Duele de verdad, porque James la encarna en personajes que tienen cuerpo, historia y orgullo.
Se inspiró, según contó él mismo, en una anécdota real relacionada con el círculo de Lord Byron en Italia. Pero transformó ese material hasta hacerlo irreconocible, hasta convertirlo en algo que trasciende cualquier anécdota y se vuelve arquetipo. El poeta Aspern nunca existió, y sin embargo uno termina la novela con la sensación de haberlo conocido mejor que a muchos autores reales.
La prosa de James en este libro es más transparente que en sus novelas tardías, más directa, casi nerviosa en algunos momentos. Es un texto que se lee con rapidez y se digiere despacio, porque sus verdaderas preguntas emergen cuando uno cierra las páginas y empieza a pensar en lo que acaba de leer.
Pocas obras dicen tanto sobre la codicia intelectual, sobre la violencia silenciosa que puede esconderse detrás del amor a la literatura. Los papeles de Aspern es una joya pequeña y afilada. Córtese con cuidado.