Introducción
En una época obsesionada con los atajos hacia el éxito, Los ocho pilares de la prosperidad de James Allen suena a la vez antiguo y sorprendentemente necesario. Su tesis va contra corriente: la prosperidad verdadera y duradera no se construye con astucia, ni con suerte, ni a costa de los demás, sino sobre un cimiento moral y sobre la fuerza del propio carácter.
Allen, uno de los grandes precursores de la literatura de superación personal, retoma aquí la idea que recorre toda su obra —que el ser humano es el hacedor de su vida— y la aplica al terreno concreto del éxito material y social. La prosperidad, dice, es como una casa: un techo que nos protege y nos da comodidad. Pero un techo necesita pilares que lo sostengan, y esos pilares, si la casa ha de resistir las tormentas, han de estar hechos de una materia sólida.
Esa materia son ocho virtudes, ocho «pilares» a los que dedica el libro: la energía (frente a la pereza), la economía (el buen uso de los recursos y las fuerzas), la integridad, el sistema (el orden y el método), la simpatía, la sinceridad, la imparcialidad y la confianza en uno mismo. Ninguna de ellas es un truco ni una técnica: todas son cualidades del carácter que se cultivan con esfuerzo y disciplina, y que, puestas en práctica, se convierten en fuerza real para prosperar en cualquier oficio o empresa.
La promesa de Allen es exigente pero esperanzadora: quien edifica su prosperidad sobre estos fundamentos morales construye algo que «nada podría socavar, nada podría derribar»; en cambio, la riqueza levantada sobre el engaño, la injusticia o la pereza lleva en sí misma la semilla de su ruina. No hay, para él, contradicción entre ser bueno y prosperar: al contrario, la verdadera prosperidad es hija de la virtud.
Escrito con la prosa clara, serena y cargada de aforismos que hizo célebre a su autor, el libro se lee como un manual práctico y a la vez como una meditación moral. Frente a las fórmulas mágicas del enriquecimiento rápido, Allen propone el camino más lento y más seguro: el trabajo paciente sobre uno mismo, la construcción del carácter ladrillo a ladrillo.
Leer Los ocho pilares de la prosperidad es recibir una lección tan pasada de moda como imprescindible: que no hay éxito que merezca la pena si no se sostiene sobre lo que somos, y que la mejor inversión que existe es la que hacemos en nuestro propio carácter.