Introducción
Hay libros que son mucho más que una novela: son monumentos. Los miserables de Victor Hugo es uno de ellos. En sus páginas cabe casi todo —la miseria y la santidad, el crimen y la redención, el amor y la revolución, el fango de las cloacas y la luz de las estrellas—, y de todo ello Hugo hace una de las historias más emocionantes y conmovedoras jamás escritas, un libro que ha hecho llorar y esperar a millones de lectores en todo el mundo durante más de siglo y medio.
En el centro está Jean Valjean. Condenado a presidio por robar un pan para dar de comer a los hijos hambrientos de su hermana, sale de la cárcel diecinueve años después convertido en un hombre duro y resentido, marcado para siempre por el «pasaporte amarillo» de expresidiario que le cierra todas las puertas. Hasta que un anciano obispo, en lugar de denunciarlo por robarle, lo protege y le regala unos candelabros de plata, diciéndole que con ellos ha comprado su alma para el bien. Ese gesto de misericordia inmerecida lo cambia todo: Valjean decide hacerse otro hombre, y el resto de la novela es la larga y accidentada historia de esa alma que lucha por elevarse.
Pero su pasado no lo deja en paz. El inspector Javert, encarnación de una ley rígida e implacable que no cree en la redención, lo persigue sin tregua a lo largo de los años. Y alrededor de esa persecución Hugo despliega un mundo entero: la trágica Fantine, obligada por la miseria a vender su cabello, sus dientes y su cuerpo para mantener a su hija; la pequeña Cosette, rescatada de la explotación; el joven y ardiente Marius; la pícara Éponine; los revolucionarios que levantan las barricadas de París soñando con un mundo más justo. Todos ellos, los humildes, los vencidos, los «miserables» que dan título al libro.
Porque esta es, ante todo, una novela con una causa. Hugo escribió Los miserables como un grito contra la miseria y la injusticia social, convencido de que mientras existan la pobreza que degrada, la ley que aplasta a los débiles y la ignorancia que condena, hará falta contar historias como esta. Su compasión por los desheredados, su fe en el progreso y en la bondad del ser humano, recorren cada página y la convierten en algo más que un relato: en un acto de justicia.
Y sin embargo, nada de esto pesaría si no fuera, además, una novela apasionante. Hugo es un narrador prodigioso: sabe tender la emoción hasta hacerla insoportable, encadenar peripecias, persecuciones y golpes de efecto, dibujar personajes que quedan grabados para siempre en la memoria. Se llora y se tiembla con Valjean y Cosette, se odia y se comprende a Javert, se sueña con Marius en las barricadas. Es, a la vez, alta literatura y el más puro placer de la lectura.
Los miserables es de esos libros que acompañan toda una vida. Adaptado incontables veces al teatro, el cine y el musical, sigue conmoviendo a cada nueva generación porque habla de lo esencial: de la posibilidad de que un ser humano cambie, de la fuerza redentora de la bondad y de la dignidad inextinguible de los últimos. Un monumento a la esperanza, escrito para que nadie olvide a los que sufren.