Introducción
Hay libros que nacen de una botella lanzada al mar. No en sentido figurado: Los hijos del capitán Grant arranca precisamente así, con un mensaje encontrado en las entrañas de un tiburón, un papel corroído por el agua salada en el que apenas se distinguen unas coordenadas y un nombre. De ese fragmento de desesperación —un capitán náufrago en algún punto impreciso del paralelo 37 sur— nace una de las novelas de búsqueda más apasionantes que Verne escribió jamás. Y eso, en un autor que hizo de la búsqueda su religión literaria, ya es decir mucho.
Julio Verne publicó esta novela por entregas entre 1867 y 1868, en plena fiebre de su colaboración con el editor Hetzel, cuando el mundo todavía tenía manchas blancas en los mapas y la palabra «exploración» sonaba a promesa real, no a nostalgia. Verne lo sabía, y lo aprovechó con una generosidad geográfica que asombra: sus personajes recorren tres continentes siguiendo ese paralelo con una obstinación casi geométrica. Sudamérica, Australia, Nueva Zelanda. La Patagonia, las pampas, los Andes, el Pacífico. El libro es, entre otras cosas, un atlas vivo.
Pero reducirlo a geografía sería un error. Lo que mueve a sus protagonistas no es la curiosidad científica sino algo más antiguo y más urgente: el amor filial. Mary y Robert Grant buscan a su padre. Esa sencillez emocional es la que da a la novela su latido particular, el que la distingue dentro de la vasta obra verniana. No es el capitán Nemo huyendo del mundo, ni Phileas Fogg demostrando una apuesta. Son dos hijos que no se rinden. Hay en eso una ternura que Verne suele disimular bajo capas de datos y aventura, pero que aquí aflora con una claridad poco habitual en él.
Lord Glenarvan, el aristócrata escocés que pone su yate al servicio de esa búsqueda, encarna la nobleza entendida como acción, no como privilegio. Y junto a él viaja el inefable Jacques Paganel, el geógrafo despistado que se embarcó en el barco equivocado y decidió quedarse: uno de los personajes cómicos más queridos de toda la literatura de aventuras del siglo XIX, capaz de citar latitudes con precisión milimétrica y de confundir el idioma que acaba de estudiar durante meses. Verne lo necesitaba para respirar, para que la novela no se tomara demasiado en serio a sí misma.
Porque Los hijos del capitán Grant es también eso: una novela que sabe reírse, que alterna el vértigo de los peligros con la calidez de los momentos compartidos alrededor de una mesa o bajo un cielo desconocido. Verne tenía el don de hacer que sus lectores sintieran el frío de la cordillera y el calor del campamento con la misma intensidad.
Hoy, cuando los mapas ya no tienen manchas blancas, esta novela ofrece algo que los satélites no pueden dar: la experiencia de descubrir un mundo mientras se busca a una persona. Esa combinación —el asombro geográfico al servicio de una emoción humana— es lo que hace que el libro siga funcionando con una frescura que desafía su edad. No envejece porque no depende de la ignorancia del lector sobre el mundo; depende de algo que no caduca, que es querer encontrar a alguien que se ha perdido.
Abra estas páginas y deje que el tiburón haga su trabajo.