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Portada de Los gatos de Ulthar

H. P. Lovecraft

Los gatos de Ulthar

Hay una ley en la ciudad de Ulthar que prohíbe matar gatos. Eso es todo lo que necesitas saber antes de entrar, y al mismo tiempo no es nada, porque lo que Lovecraft construye alrededor de esa sola frase es algo que se parece mucho a un sueño del que no estás seguro de querer despertar. Lovecraft escribió este relato en 1920, y es una de las piezas más extrañas de su obra, no por sus monstruos —aquí no hay tentáculos ni abismos cósmicos— sino precisamente por su ausencia.
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Portada de Los gatos de Ulthar
Los gatos de Ulthar
H. P. Lovecraft

Introducción

Hay una ley en la ciudad de Ulthar que prohíbe matar gatos. Eso es todo lo que necesitas saber antes de entrar, y al mismo tiempo no es nada, porque lo que Lovecraft construye alrededor de esa sola frase es algo que se parece mucho a un sueño del que no estás seguro de querer despertar.

Lovecraft escribió este relato en 1920, y es una de las piezas más extrañas de su obra, no por sus monstruos —aquí no hay tentáculos ni abismos cósmicos— sino precisamente por su ausencia. «Los gatos de Ulthar» pertenece a los llamados Sueños de Kadath, ese ciclo onírico en el que el autor abandonó el horror visceral para explorar algo más difícil de nombrar: la melancolía de los mundos que no existen, la belleza que duele porque es inalcanzable.

El tono es el de un cuento de hadas antiguo, casi bíblico, narrado con la solemnidad de quien transcribe una leyenda grabada en piedra. Pero bajo esa superficie apacible late algo inquietante, como suele ocurrir en los mejores cuentos de hadas: la justicia que aquí se hace no es la de los tribunales ni la de los dioses benévolos. Es otra cosa. Más silenciosa. Más fría. Y por eso, mucho más perturbadora.

Lo singular de este texto dentro de la producción lovecraftiana es su brevedad y su concentración. Lovecraft, que solía construir sus horrores mediante la acumulación lenta de detalles y la dilatación del tiempo narrativo, aquí lo condensa todo en pocas páginas que se leen de un aliento. No hay digresiones ni genealogías de monstruos ancestrales. Hay una aldea, una pareja de ancianos crueles, un niño huérfano, una caravana que pasa, y los gatos. Siempre los gatos.

Porque los gatos son el verdadero tema. Lovecraft los amaba con una devoción que rozaba lo filosófico; escribió sobre ellos en cartas y ensayos con una intensidad que reservaba para pocas cosas. En los gatos veía algo que admiraba y que él mismo cultivaba: indiferencia soberana, elegancia sin esfuerzo, una relación con el mundo que no pedía permiso ni ofrecía explicaciones. En Ulthar, esa naturaleza felina adquiere dimensiones míticas, y el relato se convierte en una especie de fábula sobre lo que ocurre cuando se ofende a las criaturas que guardan sus propios secretos.

Leer este cuento es una experiencia que dura quince minutos y permanece días. Tiene esa cualidad de las imágenes que se instalan en la memoria sin que sepas bien por qué: la luna sobre los tejados de Ulthar, la oscuridad que se mueve, el silencio de la mañana siguiente. Lovecraft sabía que el horror más duradero no es el que se ve, sino el que se intuye justo antes de que la página se acabe.

Si llegas a este texto buscando al Lovecraft de los grandes panteones cósmicos, puede que te sorprenda su delicadeza. Y si llegas sin saber nada de él, mejor todavía: «Los gatos de Ulthar» es una puerta pequeña que da a un mundo muy grande, y tiene el mérito de los mejores umbrales: una vez que lo cruzas, ya no recuerdas exactamente cómo era estar fuera.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

No toda frase es una gema: una gema se sostiene sola, dice algo profundo y resuena en cualquiera.

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