Introducción
Hay obras que llegan antes que el autor a su propia grandeza. Los dos hidalgos de Verona es, casi con toda certeza, la primera comedia que Shakespeare escribió para el teatro londinense, y en ella puede sentirse algo que rara vez se encuentra en los clásicos consagrados: el temblor de un escritor que todavía está aprendiendo a ser él mismo. No es una obra menor por eso. Es, precisamente por eso, una obra fascinante.
La historia gira en torno a dos amigos inseparables, Valentine y Proteus, cuya amistad se fractura en el momento en que ambos se enamoran de la misma mujer. Shakespeare tenía poco más de veinte años cuando la concibió, y eligió para ella el tema que más le obsesionaría durante toda su vida: la tensión irresoluble entre el amor y la lealtad, entre lo que sentimos y lo que le debemos a quienes amamos.
Lo que sorprende al leerla hoy es la velocidad con que el joven dramaturgo ya dominaba ciertos resortes. Los diálogos chispeantes, los malentendidos construidos con precisión de relojero, los personajes secundarios que roban escenas enteras: todo eso está aquí, en germen, con una energía que no ha envejecido. El criado Launce y su perro Crab conforman uno de los dúos cómicos más entrañables que Shakespeare inventó jamás, y muchos lectores confiesan que los recuerdan mucho más tiempo que a sus amos.
Pero la obra no es solo un ejercicio de aprendizaje. Es también un documento extraordinario sobre cómo el Renacimiento inglés entendía la amistad masculina: como un vínculo casi sagrado, más antiguo y más exigente que el amor romántico. Shakespeare pone ese código a prueba con una crueldad que incomoda, y no lo resuelve de manera satisfactoria para los gustos modernos. Esa incomodidad es, en sí misma, uno de sus mayores méritos: nos obliga a preguntarnos qué valores hemos heredado sin saberlo.
La obra pertenece a la tradición de las comedias de enredo que Shakespeare bebió de los italianos, y Verona y Milán funcionan aquí como escenarios de fantasía más que como geografías reales: son lugares donde todo puede ocurrir, donde los disfraces engañan, donde el bosque guarda secretos y donde el amor cambia de objeto con una facilidad que escandaliza y divierte a partes iguales.
Hay quienes la leen como una obra imperfecta que anuncia obras mayores. Hay quienes la leen como una joya en sí misma, con sus aristas y sus costuras visibles. Ambas lecturas son legítimas, y ambas son enriquecedoras. Pocas veces tenemos la oportunidad de ver a un genio en el momento exacto en que empieza a serlo.
Leer Los dos hidalgos de Verona es, en cierto modo, asistir a un ensayo general. No el ensayo de una obra concreta, sino el ensayo de todo Shakespeare: su sentido del ritmo, su capacidad para mezclar lo sublime con lo ridículo, su interés por las grietas que el deseo abre en las personas buenas. Todo lo que vendrá después —El sueño de una noche de verano, Mucho ruido y pocas nueces, incluso La tempestad— tiene aquí su primer latido.
Ábrala, pues, con la misma curiosidad con que se abre una carta antigua: sabiendo que quien la escribió aún no era del todo quien llegaría a ser, y que eso, lejos de restarle valor, le añade una intimidad que sus obras maestras ya no pueden tener.