Introducción
Hay objetos que guardan secretos. Una cómoda con marquetería de nogal, un reloj de péndulo detenido a las tres de la tarde, una miniatura al óleo de alguien cuyo nombre nadie recuerda ya. Carmen de Burgos lo sabía, y en Los anticuarios convirtió ese saber en novela: un mundo donde las personas y las cosas se parecen demasiado, donde coleccionar puede ser otra forma de desear, y desear puede ser otra forma de poseer sin llegar nunca a tocar del todo lo que se ama.
Carmen de Burgos —«Colombine», como la conocían los lectores de sus columnas— fue una de las voces más libres y más incómodas de la España de entresiglos. Periodista, viajera, defensora del divorcio cuando esa sola palabra bastaba para escandalizar salones, escribió decenas de novelas cortas con una energía que no pedía permiso a nadie. Y sin embargo, su obra narrativa lleva demasiado tiempo durmiendo en ese limbo donde caen los escritores que fueron demasiado modernos para su época y demasiado incómodos para la siguiente.
Los anticuarios pertenece a ese territorio suyo más íntimo y más afilado a la vez. El ambiente de los tratantes de antigüedades, con sus tiendas en penumbra y sus regateos susurrados, le sirve a Burgos para trazar algo mucho más hondo: la anatomía de una pasión. Porque en este mundo el deseo no se declara; se disimula detrás de una tasación, se aplaza con la excusa de una autenticidad por verificar, se enmascara con la erudición del que sabe distinguir un Chippendale de una imitación.
Lo que sorprende al leer a Burgos es su modernidad sin aspavientos. No hay en ella el gesto grandilocuente del escritor que quiere parecer avanzado; hay, en cambio, una mirada clínica y compasiva al mismo tiempo, capaz de ver a sus personajes con toda su fragilidad sin dejar de quererlos un poco. Sus mujeres, en particular, no son víctimas ni heroínas: son personas que piensan, que calculan, que se equivocan con plena conciencia de lo que hacen.
El mundo de los anticuarios es, también, el mundo de lo que no se tira. De lo que sobrevive a sus dueños y busca nuevas manos. Hay en esa imagen algo que Burgos trabaja con delicadeza: la pregunta de si somos nosotros quienes poseemos las cosas o son ellas las que nos poseen a nosotros, las que nos definen, las que nos delatan. Un personaje que elige rodearse de objetos del pasado está eligiendo, de algún modo, vivir de espaldas al presente. Y esa elección tiene un precio.
Leerla hoy produce una extraña sensación de familiaridad. Los mecanismos del deseo que Burgos describe —la espera, la envidia disfrazada de admiración, la negociación como forma de cortejo— no han envejecido en absoluto. Solo ha cambiado el decorado.
Quizás por eso vale la pena rescatar Los anticuarios del olvido en que ha estado: no como ejercicio de arqueología literaria, sino porque tiene todavía algo vivo dentro, algo que late. Como esos relojes de los anticuarios que llevan décadas parados y que, con un pequeño gesto, vuelven a ponerse en marcha.