Introducción
Un ingenioso y original cuadro de costumbres de Pedro Antonio de Alarcón, fechado en el verano de 1874. En lugar de una historia con argumento, el autor nos sienta en una silla del paseo del Prado madrileño y transcribe, uno tras otro, los fragmentos de conversación que llegan al oído del que allí reposa una noche de verano: retazos de frases sueltas, separados por asteriscos, que pasan de largo con los transeúntes.
El resultado es un mosaico vertiginoso y divertidísimo de la sociedad española de su tiempo: galanteos y citas amorosas, pregones de vendedores («¡Agua, aguardiente y azucarillos!», «¡La Correspondencia!»), mendigos, chismes, duelos, política de la época (los carlistas, las elecciones, Alfonso XII, don Amadeo), especulaciones de Bolsa, discusiones teológicas y filosóficas, comentarios sobre toros, ópera y arte, suicidios por amor, negocios, enfermedades… Todo el rumor de una ciudad y una época condensado en frases robadas al azar.
Sin narrador ni trama, por pura acumulación de voces, Alarcón logra un retrato satírico y melancólico de la vanidad, la frivolidad y las contradicciones humanas: junto a la declaración de amor suena la queja del cesante, junto al chisme mundano el llanto del mendigo, junto a la alta filosofía la trivialidad más pura. «Lo que se oye desde una silla del Prado» es una pieza maestra del costumbrismo español y un experimento narrativo sorprendentemente moderno, casi cinematográfico.