Introducción
Hay cosas que el lenguaje no puede sostener. No porque sean demasiado complejas, sino porque son demasiado otras: pertenecen a una categoría de existencia para la que las palabras humanas resultan instrumentos ridículos, herramientas de cocina ante una cirugía imposible. Howard Phillips Lovecraft lo sabía, y dedicó buena parte de su vida a demostrar esa imposibilidad con una paradoja deliciosa: escribir sobre lo que no se puede escribir.
«Lo innombrable» es, en apariencia, uno de sus relatos más breves y más modestos. Dos amigos conversan en un cementerio de Nueva Inglaterra, apoyados contra una lápida colonial, discutiendo si existe aquello que la razón no puede clasificar. Uno de ellos —Carter, alter ego apenas disimulado del propio Lovecraft— defiende que el terror verdadero vive precisamente donde los conceptos se rinden. El otro responde con el escepticismo satisfecho de quien cree que todo tiene nombre y, por tanto, forma y límite. Es casi un diálogo filosófico. Casi.
Lo que hace singular a este cuento dentro del universo lovecraftiano no es su monstruo —que existe, y es perturbador— sino su argumento. Lovecraft no se limita aquí a narrar el horror: lo defiende como categoría estética y metafísica. Hay algo profundamente autobiográfico en esa discusión entre los dos hombres, porque Lovecraft pasó años justificando ante un mundo racionalista su convicción de que la literatura fantástica no era evasión sino revelación: la única forma honesta de hablar de lo que la ciencia todavía no ha alcanzado, y quizás nunca alcance.
Escrito en 1923 y publicado en las páginas de Weird Tales, el relato pertenece a ese período en que Lovecraft afinaba con precisión de relojero su cosmología del miedo. Nueva Inglaterra no es aquí un decorado pintoresco sino una geografía cargada de memoria oscura: casas coloniales con historias que nadie quiere terminar de contar, cementerios donde las fechas en las lápidas no siempre coinciden con lo que la gente recuerda, linajes que se prolongan de maneras que la biología no explica del todo.
Hay en Lovecraft una tensión que muy pocos autores de terror han sabido sostener: la de un hombre profundamente racionalista —lector voraz de ciencia, admirador de la astronomía— que al mismo tiempo estaba convencido de que el universo guardaba algo absolutamente indiferente a la razón humana. Esa tensión no se resuelve en «Lo innombrable»; se exhibe, con una honestidad casi cruel.
El relato funciona también como una pequeña poética disfrazada de ficción. Cuando Carter defiende la legitimidad de lo indescriptible, está defendiendo al propio Lovecraft ante sus críticos, ante quienes le pedían mayor verosimilitud, mayor contención, mayor respeto por los límites de lo posible. La respuesta que da la noche a esa discusión es, digámoslo así, contundente.
Leer a Lovecraft por primera vez produce una sensación extraña: la de que el miedo que genera no viene de imágenes concretas sino de su ausencia deliberada. Cuanto menos describe, más aterra. «Lo innombrable» lleva ese principio hasta su consecuencia lógica y lo convierte en tema, en forma y en experiencia simultáneos. Es un cuento sobre el horror que es horror mientras uno lo lee.
Pocas obras consiguen que su propio título sea ya una advertencia y una promesa. Esta lo logra. Y cuando llegue el momento en que Carter intente explicar lo que vio, usted entenderá por qué algunas cosas merecen, honestamente, quedarse sin nombre.