Introducción
Hay novelas que nacen de una paradoja tan perfecta que uno se pregunta cómo nadie la había pensado antes: un hombre que lo tiene todo desea, con toda el alma, morir. No por desesperación, no por locura, sino porque la fortuna, la comodidad y la ausencia de riesgo han vaciado su existencia de cualquier sabor. Kin-Fo, el protagonista que Julio Verne imaginó en 1879, es rico, joven y absolutamente aburrido. Y esa pequeña crueldad cómica —la del hombre que maldice su propia suerte envidiable— es la chispa que enciende una de las aventuras más originales y menos celebradas de toda la obra verniana.
Verne escribió esta novela en un momento de madurez creativa en que ya se había ganado el mundo entero como escenario. Había llevado a sus lectores al centro de la Tierra, al fondo del océano, a la Luna. China, en cambio, era para el público europeo de finales del siglo XIX un territorio casi tan fantástico como cualquiera de esos lugares imposibles: lejana, enigmática, apenas entrevista a través de grabados y relatos de viajeros. Verne la convirtió en decorado de una comedia de enredos con pulso de thriller, y el resultado tiene una energía que todavía hoy sorprende.
La trama arranca con una decisión absurda y lógica a la vez: Kin-Fo contrata a alguien para que lo mate. Quiere morir, pero no quiere el esfuerzo de hacerlo él mismo. Lo que no prevé es que las circunstancias cambiarán, que de pronto querrá vivir con urgencia desesperada, y que el encargo ya no podrá cancelarse tan fácilmente. Verne convierte esa inversión —el hombre que huye de la muerte que él mismo encargó— en un motor narrativo de una eficacia casi mecánica, y la palabra «mecánica» aquí es un elogio: pocas máquinas de contar historias funcionan con tanta precisión y tan buen humor.
Porque el humor es, quizás, lo que más distingue a esta novela dentro del catálogo verniano. No es la ironía distante del científico que observa al género humano; es una comicidad más cálida, más física, que recuerda en momentos al vodevil y en otros a la novela picaresca. Los personajes secundarios —el fiel amigo Wang, los agentes de seguros con su lógica implacable— tienen una vida propia que va más allá de la función que se les asigna en la trama.
Y luego está China. Verne nunca estuvo allí, lo cual era perfectamente normal en un escritor que convirtió la biblioteca en método de viaje. Lo que hizo con los materiales que tenía a su disposición es construir una China que mezcla observación genuina con fantasía orientalista, y que hoy leemos con esa doble conciencia del lector contemporáneo: sabiendo que es una mirada exterior y parcial, pero reconociendo también la curiosidad sincera, el respeto relativo y la voluntad de hacer de ese mundo lejano algo vívido y real para sus lectores.
Lo que permanece intacto, más allá de cualquier contexto histórico, es la pregunta que late en el centro del libro: ¿qué hace que una vida valga la pena de ser vivida? Verne la formula a través de la farsa, con persecuciones y disfraces y malentendidos, pero no la esquiva. Kin-Fo aprende algo que ningún filósofo podría haberle enseñado en un salón: que el deseo de vivir necesita, a veces, el roce del peligro para despertarse.
Esta es una novela para leer con una sonrisa lista y los sentidos alerta. Verne está en estado de gracia, jugando con sus propias convenciones, burlándose con afecto de sus héroes y de sus lectores. Pocas veces la aventura y la comedia se han dado tan bien la mano.