Introducción
Hay preguntas que los filósofos han perseguido durante siglos llenando bibliotecas enteras, y hay preguntas que un anciano de barba blanca formula en tres líneas y deja al lector sin aliento. León Tolstói, que a lo largo de su vida escribió novelas capaces de agotar a un lector joven y de transformar a uno maduro, eligió también el camino contrario: el de la brevedad radical, el del cuento que cabe en la palma de la mano y pesa, sin embargo, como una piedra de río.
Las tres preguntas nació en los últimos años de su vida, cuando Tolstói había abandonado casi por completo la ambición de la gran forma y buscaba algo más parecido a la sabiduría que a la literatura. No es casualidad que el relato tenga la textura de una parábola antigua, de esas que uno siente haber escuchado antes aunque sepa con certeza que no es así. Esa sensación —la de reconocer algo que nunca se había leído— es una de las marcas del genio tolstoiano en su etapa más depurada.
Un zar se hace tres preguntas que le parecen las más importantes del mundo: ¿cuál es el momento más oportuno para actuar?, ¿quiénes son las personas más necesarias?, ¿cuál es la acción más importante? La formulación es tan sencilla que casi parece ingenua. Pero Tolstói sabía perfectamente lo que hacía: envolver en ropaje de cuento infantil una meditación que los adultos suelen evitar porque sus respuestas obligan a cambiar de vida.
Lo extraordinario del relato no es su argumento —que se despliega con la limpieza de un teorema— sino lo que ocurre en el lector mientras lo sigue. Hay un momento, hacia la mitad del texto, en que uno comprende adónde se dirige la historia, y aun así no puede dejar de leer, porque la dirección no es lo que importa: importa el peso de cada paso. Tolstói no sorprende; convence. Y convencer es mucho más difícil.
Detrás de este cuento brevísimo late toda una filosofía de vida que el escritor ruso fue construyendo con la misma obstinación con que construyó sus personajes: la idea de que la vida verdadera no ocurre en el pasado que lamentamos ni en el futuro que planeamos, sino en el instante presente, en la persona que tenemos delante, en el acto concreto que está en nuestra mano realizar ahora. Una filosofía sin adornos, casi incómoda en su claridad.
Tolstói escribió este relato pensando también en los niños, y eso se nota en la transparencia de su prosa. Pero los cuentos que los adultos suelen regalar a los niños son, con frecuencia, los que más necesitan ellos mismos. Las tres preguntas pertenece a esa categoría de textos que crecen con quien los lee: a los diez años enseñan algo, a los cuarenta enseñan otra cosa, y a los setenta probablemente duelan de un modo que ahora no podemos imaginar.
Leer a Tolstói en su versión más breve y más desnuda es también una forma de entender por qué fue uno de los escritores más leídos, más temidos y más amados de su siglo. No hay aquí la arquitectura monumental de Guerra y paz ni la intensidad psicológica de Ana Karénina. Hay algo distinto y quizás más difícil de lograr: la absoluta ausencia de lo superfluo.
Este libro cabe en un bolsillo. La pregunta que deja no cabe en ningún sitio.