Introducción
Hay obras que nos llegan como fragmentos de un mundo que ya no existe, y sin embargo nos hablan con una urgencia que parece recién nacida. Las suplicantes de Esquilo es una de ellas: el drama más antiguo que conservamos de la tradición teatral occidental, escrito por el hombre que, en gran medida, inventó el teatro tal como lo concebimos. Eso solo ya debería detenernos un instante, hacernos sentir el vértigo de sostener entre las manos algo semejante a un origen.
Durante siglos se creyó que esta pieza era la más temprana de Esquilo precisamente porque su estructura parecía arcaica: el coro protagoniza la acción casi en solitario, con un peso y una presencia que en el teatro posterior irían reduciéndose hasta volverse decorativos. Pero los papiros de Oxirrinco, descubiertos en el siglo XX, revelaron algo desconcertante: Las suplicantes fue representada probablemente hacia el 463 a.C., cuando Esquilo era ya un dramaturgo maduro. Ese arcaísmo no era torpeza ni antigüedad: era una elección. Esquilo devolvió al coro su dignidad sagrada de manera deliberada, y eso cambia por completo el modo en que debemos escuchar esta obra.
Las Danaides, las cincuenta hijas de Dánao, huyen de Egipto para escapar de un matrimonio forzado con sus primos. Llegan a Argos, ciudad de sus antepasados, y piden asilo. Hasta aquí, la situación podría parecer el argumento de cualquier tragedia de persecución. Pero Esquilo convierte ese gesto desesperado en algo mucho más perturbador: una pregunta sobre el poder, la ley, el derecho de los débiles a ser escuchados y la responsabilidad de quienes gobiernan cuando la compasión y la prudencia política se contradicen.
El rey Pelasgo, ante la súplica de las mujeres, se enfrenta a una disyuntiva que no tiene salida limpia. Acogerlas significa la guerra; rechazarlas significa la impiedad. Y lo que hace Esquilo con ese dilema es extraordinario: no lo resuelve con heroísmo fácil ni con sabiduría olímpica. Lo deja abierto, tenso, vibrando como una cuerda a punto de romperse. Porque el verdadero tema no es la decisión, sino el peso de tener que tomarla.
El coro de las Danaides canta con una intensidad que no se parece a nada en el teatro posterior. Sus voces no comentan la acción desde fuera: son la acción. Su miedo es ritual y carnal al mismo tiempo, sus invocaciones a Zeus mezclan la teología más solemne con el terror más humano. Leerlas es asistir a algo que está entre la plegaria, el lamento y la amenaza.
Vivimos en un tiempo en que las palabras «refugio», «frontera» y «derecho de asilo» han vuelto a cargarse de una gravedad que creíamos superada. No hace falta forzar ninguna analogía: Las suplicantes no necesita ser actualizada porque nunca envejeció del todo. La pregunta que plantea —¿qué le debemos al extranjero que llega sin nada salvo su humanidad?— es una de esas preguntas que cada época tiene que responder por sí misma, y que ninguna responde del todo bien.
Esquilo murió en Gela, Sicilia, según la leyenda aplastado por una tortuga que dejó caer un águila confundiéndole la cabeza calva con una roca. Verdad o no, hay algo apropiado en esa muerte absurda para un hombre que pasó su vida mirando al cielo buscando la voluntad de los dioses. Las suplicantes es parte de esa mirada: intensa, incómoda, sin consuelo fácil.
Esta es una obra para leer despacio, dejando que el coro resuene, que las imágenes se asienten, que la pregunta sin respuesta se quede un rato más de lo cómodo. El teatro griego no fue entretenimiento: fue el lugar donde una ciudad se miraba a sí misma y se preguntaba qué clase de ciudad quería ser. Esa pregunta sigue sin contestar.