Introducción
¿Qué es Odradek? Nadie lo sabe, y ahí empieza el vértigo. Kafka lo describe con precisión de manual —un carrete de hilo plano en forma de estrella, del que sale un palito, capaz de sostenerse «como sobre dos piernas»— y sin embargo el objeto se niega a tener sentido. Parece roto, pero está «completo a su manera». Habla, ríe sin pulmones, vive en las escaleras y desaparece durante meses.
El narrador es un «padre de familia», y su inquietud es lo que da título y hondura al relato: no teme a Odradek, le teme a su permanencia. Todo lo que existe tiene una meta y se gasta en ella; Odradek no. Por eso quizá no pueda morir. Y la idea de que ese ser inútil, sin domicilio ni propósito, ruede escaleras abajo ante los pies de sus nietos y le sobreviva le resulta «casi dolorosa».
En una página, Kafka construye uno de los símbolos más comentados del siglo XX: lo que no encaja en ningún orden, lo que persiste sin razón, la angustia de lo que nos sobrevivirá sin habernos servido de nada. Un enigma que se resiste, como el propio Odradek, a dejarse atrapar.