Introducción
Uno de los relatos más intensos y amargos de Jack London sobre el Klondike, una parábola naturalista sobre la monomanía y la ruina. David Rasmunsen es «un hombre de una sola idea»: cuando la fiebre del oro resuena en su oído, no sueña con excavar, sino con un negocio infalible. Ha calculado que los huevos se venden a cinco dólares la docena en Dawson; si lleva mil docenas, ganará cinco mil dólares. Frío, práctico, «de cabeza dura y un corazón que la imaginación nunca calentó», hipoteca su casa y lo apuesta todo a esa cuenta.
Pero entre el cálculo y Dawson se interpone el Norte. Rasmunsen emprende un viaje espantoso: el paso de la Chilkoot, los lagos, los rápidos, las tormentas que anegan su barca, el frío que lo entumece, el hielo que lo bloquea. Se aferra a sus mil docenas de huevos «como un gato», rechaza toda ayuda que no las salve, achica agua desvariando como un lunático, adelgaza hasta quedar en los huesos. Su idea fija lo devora y lo sostiene a la vez, empujándolo a través de cada catástrofe.
Al fin llega a Dawson y empieza a vender a precio de oro. Pero un cliente vuelve con la verdad: los huevos, congelados y descongelados en el terrible trayecto, están podridos. Uno tras otro, Rasmunsen los parte con el hacha y comprueba su ruina. Cuando un tratante le ofrece unos dólares por el lote —«comida aceptable para los perros»—, lo echa. Luego suelta a sus perros, atranca la cabaña y se ahorca. «Las mil docenas» es una obra maestra sobre la obsesión que promete la fortuna y entrega la muerte.