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Portada de Las eumenides

Esquilo

Las eumenides

Hay un momento en la historia del teatro —y de la civilización— en que un hombre se planta ante el público de Atenas y decide que la venganza no puede ser la última palabra. Ese momento es Las Euménides. Esquilo, veterano de Maratón, poeta que había visto con sus propios ojos cómo una ciudad podía desintegrarse o rehacerse, eligió cerrar su trilogía de la Orestía no con sangre sino con algo mucho más arriesgado: un juicio.
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Portada de Las eumenides
Las eumenides
Esquilo

Introducción

Hay un momento en la historia del teatro —y de la civilización— en que un hombre se planta ante el público de Atenas y decide que la venganza no puede ser la última palabra. Ese momento es Las Euménides. Esquilo, veterano de Maratón, poeta que había visto con sus propios ojos cómo una ciudad podía desintegrarse o rehacerse, eligió cerrar su trilogía de la Orestía no con sangre sino con algo mucho más arriesgado: un juicio.

La obra llega al final de un camino larguísimo y terrible. Agamenón ha sido asesinado, Orestes ha vengado a su padre matando a su propia madre, y ahora las Erinias —diosas antiguas, oscuras, que huelen la sangre derramada como perros de caza— lo persiguen sin descanso. Son criaturas anteriores al Olimpo, anteriores a casi todo, y su lógica es implacable: el crimen exige castigo, la deuda de sangre se salda con más sangre. No conocen otra aritmética.

Lo que Esquilo hace aquí es extraordinario. En lugar de resolver el conflicto mediante un golpe de fuerza divina o un giro dramático, lo lleva ante un tribunal. Atenea convoca a los ciudadanos de Atenas, instaura el Areópago —el primer tribunal de homicidios de la historia mítica— y deja que los argumentos hablen. Apolo defiende a Orestes. Las Erinias acusan. Y el veredicto, cuando llega, no aplasta a nadie: transforma.

Esa transformación es el corazón secreto de la obra. Las Erinias, esas figuras que al parecer aterrorizaron literalmente al público ateniense en el estreno del año 458 a. C., no son destruidas ni humilladas. Son persuadidas. Pasan de ser furias vengativas a convertirse en Euménides, las «benévolas», guardianas subterráneas de la ciudad. Esquilo no borra el horror; lo integra. Le da un lugar en el orden nuevo.

Leer Las Euménides hoy produce una extraña mezcla de asombro y reconocimiento. Asombro porque el texto tiene más de dos mil cuatrocientos años y sin embargo la pregunta que plantea —¿puede la justicia reemplazar a la venganza?— sigue siendo la pregunta de cada generación. Reconocimiento porque sabemos, en algún rincón de nuestra experiencia colectiva, que las sociedades que no encuentran esa respuesta se consumen a sí mismas.

La escritura de Esquilo no facilita las cosas: es densa, visionaria, a veces oscura como el interior de un templo mal iluminado. Sus coros no son ornamento; son pensamiento en movimiento, argumento musical, miedo hecho ritmo. Hay que dejarse llevar por esa cadencia, confiar en que la imagen extraña o el verso difícil guardan algo que el lenguaje más transparente no podría decir.

Vale la pena recordar también que esto es teatro, no poema de gabinete. Fue concebido para cuerpos en escena, para máscaras y voces amplificadas por la piedra, para un anfiteatro bajo el cielo ático. Cada vez que el coro de Erinias avanza, algo en nosotros retrocede; cada vez que Atenea habla, algo en nosotros escucha con una esperanza que no esperábamos sentir.

Hay pocas obras en toda la literatura occidental donde el nacimiento de la ley —no como código frío sino como acto de civilización profundamente humano— se sienta con tanta urgencia física y moral. Esquilo no escribió un alegato: escribió una experiencia. Y esa experiencia, intacta después de veinticinco siglos, aguarda ahora en las páginas que siguen.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

No toda frase es una gema: una gema se sostiene sola, dice algo profundo y resuena en cualquiera.

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