Introducción
Hay hombres que no pueden mirar un mapa sin sentir que el blanco de las zonas inexploradas los llama con más fuerza que cualquier tierra conocida. El capitán Hatteras es uno de ellos, y Julio Verne lo sabía cuando, en 1866, lanzó esta novela como el primero de sus Viajes extraordinarios: una serie que prometía recorrer el mundo entero a través de la ficción, y que eligió comenzar precisamente donde el mundo se acaba, o donde parecía acabarse.
El Polo Norte. En el siglo XIX esa expresión tenía un peso que hoy cuesta imaginar. No era un destino turístico ni una coordenada en un GPS: era el gran misterio geográfico de la época, el lugar donde varios exploradores reales habían desaparecido o regresado derrotados y helados. Verne tomó ese miedo colectivo, esa fascinación mezclada con horror, y construyó alrededor de ella un relato que es, al mismo tiempo, una novela de aventuras trepidante y un estudio implacable de la obsesión humana.
Porque Hatteras no es un héroe cómodo. Es un hombre poseído. Su voluntad de alcanzar el punto más septentrional del planeta no nace del espíritu científico ni del patriotismo —aunque ambos aparecen en la novela con notable inteligencia— sino de algo más oscuro y más fascinante: la necesidad de llegar donde nadie ha llegado, cueste lo que cueste, arrastre a quien arrastre. Verne no lo juzga, pero tampoco lo absuelve. Lo observa con la misma precisión fría con que su personaje observa el horizonte de hielo.
El barco, el Forward, zarpa con una tripulación que ignora el destino real del viaje. Ese secreto inicial lo impregna todo de una tensión extraña, casi de novela gótica trasladada al Ártico. El frío no es solo meteorológico: es moral, es psicológico, se instala entre los hombres mucho antes de que el termómetro marque temperaturas imposibles. Verne conocía bien la literatura de exploración polar —leyó los diarios de Franklin, de Parry, de Kane— y la destila aquí con una fidelidad que convierte cada descripción del paisaje helado en algo que se siente verdadero aunque roce lo sobrenatural.
Lo que sorprende a quien llega a esta novela esperando solo aventura es descubrir que Verne también está pensando. El doctor Clawbonny, compañero de Hatteras, funciona como la voz de la razón ilustrada, del conocimiento enciclopédico, del humanismo optimista que Verne amaba. Junto a Hatteras forman una pareja de contrastes que la novela nunca resuelve del todo, y en esa tensión irresuelta reside buena parte de su grandeza.
Pocos autores del siglo XIX supieron como Verne convertir la geografía en drama. Aquí cada grado de latitud ganado es una victoria que cuesta sangre y cordura, y el lector lo siente en el cuerpo mientras lee. Hay páginas en las que el frío parece filtrarse por el papel.
Esta es, además, una novela sobre lo que le hace la ambición extrema a quienes la rodean: los que siguen a un visionario sin entenderlo del todo, los que dudan, los que traicionan, los que resisten. En ese sentido habla de algo que no ha envejecido ni un día.
Abrir este libro es subir a un barco que parte hacia el silencio blanco del norte. Lo que encontrarás al final del viaje no te lo dirá nadie. Eso, precisamente, es lo que hace que valga la pena zarpar.