Introducción
Hay libros que nacen de un momento preciso, de una tarde irrepetible. El 4 de julio de 1862, un matemático de Oxford llamado Charles Dodgson remaba por el río Isis con tres niñas y les fue contando, de improviso, la historia de una chica que caía por una madriguera. Una de ellas, Alice Liddell, le pidió que la escribiera. Dodgson lo hizo, y el mundo de la literatura —sin saberlo todavía— acababa de inclinarse unos grados sobre su eje.
Lo que Lewis Carroll entregó al mundo en 1865 no era exactamente un cuento para niños, aunque los niños lo devoran. Tampoco era exactamente una sátira, aunque los adultos encuentran en él una crítica afilada a la lógica victoriana, a las reglas arbitrarias y al poder absurdo. Era, y sigue siendo, las dos cosas al mismo tiempo, y ninguna del todo. Esa imposibilidad de clasificarlo es, quizás, su mayor virtud.
Alicia cae. Esa caída inicial es una de las imágenes más poderosas de toda la literatura occidental: una niña que se precipita despacio, con tiempo para pensar, hacia un lugar donde las reglas del mundo conocido han dejado de aplicarse. Carroll, que era matemático y lógico por profesión, construyó el País de las Maravillas como un universo donde la lógica no desaparece, sino que se vuelve loca. Cada personaje razona con una coherencia perfecta dentro de sus propios términos, y es precisamente esa coherencia la que produce el vértigo.
El Sombrerero, la Reina de Corazones, la Oruga que fuma su narguile sobre una seta, el Gato de Cheshire que desaparece dejando solo su sonrisa: son figuras que llevamos dentro antes incluso de haberlas leído, porque han impregnado la cultura popular de una manera que pocos personajes literarios han logrado. Y sin embargo, leerlos en su origen siempre sorprende. Son más extraños, más inquietantes, más divertidos y más filosóficos de lo que cualquier adaptación ha sabido capturar.
Carroll escribía para una niña concreta, pero pensaba como un hombre que había pasado años enseñando lógica y matemáticas a estudiantes que no querían aprenderlas. Hay en el libro una venganza dulce y genial: el absurdo como método, el sinsentido como herramienta para revelar cuánto de lo que llamamos sentido común es pura convención, puro acuerdo tácito entre adultos que han olvidado hacer preguntas.
Alicia no olvida. Alicia pregunta, discute, se indigna, duda de sí misma y luego vuelve a plantarse. Es una heroína extrañamente moderna: no salva el mundo ni derrota a ningún dragón, pero se enfrenta a la arbitrariedad con una mezcla de cortesía y terquedad que resulta, a su manera, revolucionaria.
Leer este libro de adulto es una experiencia distinta a leerlo de niño, y ambas son válidas y complementarias. De niño se ríe uno con el caos. De adulto se reconoce en él. Hay algo en ese País de las Maravillas —en sus juicios sin sentido, en sus jerarquías ridículas, en sus normas que cambian según quien las dicta— que resuena con una familiaridad incómoda.
Carroll murió en 1898 sin haber explicado del todo qué quiso decir con su libro. Probablemente porque no había nada que explicar, o porque la explicación habría arruinado la magia. El País de las Maravillas existe precisamente porque resiste la interpretación definitiva, porque cada lector cae por su propia madriguera y encuentra algo ligeramente distinto al fondo.
La madriguera sigue abierta. Solo hay que asomarse.