Introducción
Hay libros que no se leen: se reciben. Lágrimas y sonrisas es uno de ellos. Khalil Gibran lo escribió en árabe siendo todavía un hombre joven, exiliado entre dos mundos —el Líbano de su infancia y la América que lo acogió sin terminarlo de comprender—, y en esa tensión entre lo que se perdió y lo que se busca nació una prosa que parece dictada desde un lugar anterior al idioma, anterior incluso a las fronteras entre géneros literarios.
Gibran tenía el don extraño de convertir la melancolía en belleza sin falsificarla. No endulzaba el dolor ni dramatizaba la alegría: los ponía juntos, como ocurren en la vida, rozándose, casi confundiéndose. El título mismo es ya una declaración de intenciones: no elige entre el llanto y la risa, porque sabe que rara vez llegamos solos a uno sin haber pasado por el otro.
Este libro reúne relatos breves, poemas en prosa, parábolas y visiones que circularon primero en la prensa árabe de Nueva York a principios del siglo XX, cuando Gibran escribía para una diáspora que añoraba Oriente y trataba de entender Occidente. Pero lo notable es que esos textos, nacidos de una circunstancia tan concreta, lograron trascenderla por completo. Hablan de la naturaleza, del amor, de la injusticia, de Dios, de los humildes y de los poderosos, con una voz que no pertenece a ninguna escuela ni a ningún movimiento: pertenece únicamente a él.
Leer a Gibran exige soltar ciertas defensas. Su escritura no argumenta ni demuestra; evoca. Trabaja con imágenes que se instalan despacio, con frases que tienen el peso y la cadencia de los proverbios antiguos, pero que no suenan a polvo sino a algo vivo y urgente. Es una prosa que pide ser leída en voz baja, quizás dos veces, quizás en distintos momentos del día.
Hay en estas páginas una espiritualidad que no se adscribe a ningún dogma concreto, aunque Gibran creció entre las tradiciones del Líbano maronita y bebió también del sufismo, del romanticismo europeo y de la Biblia como texto literario. El resultado es una mirada que encuentra lo sagrado en lo cotidiano: en la lluvia, en el mendigo que nadie mira, en la mujer que llora sin que nadie le pregunte por qué.
Su figura histórica añade otra capa de fascinación. Gibran llegó a Boston de niño, aprendió inglés y francés, estudió arte en París, pintó, dibujó, y escribió en dos idiomas con igual maestría. Fue admirado por Rodin. Murió joven, a los cuarenta y ocho años, sin haber regresado al país que nunca dejó de habitar en su imaginación. Toda esa vida breve y intensa late de fondo en cada página.
Lo que hace singular a Lágrimas y sonrisas entre sus obras es precisamente su carácter de umbral: es el Gibran que todavía está descubriendo su propia voz en árabe, antes de que el mundo lo conociera en inglés con El profeta. Hay aquí algo más rugoso, más directo, más cercano a la tierra. Una emoción que no ha sido todavía pulida hasta la perfección, y que por eso resulta, paradójicamente, aún más conmovedora.
Quien abra este libro en un momento de pérdida encontrará compañía. Quien lo abra en un momento de plenitud encontrará profundidad. Y quien lo abra simplemente por curiosidad descubrirá que hay voces que no tienen época, que atraviesan el tiempo como atraviesan el idioma: sin pedir permiso, directamente al centro.