Introducción
Hay escritores que, cuando se enfadan, escriben panfletos. Y hay escritores que, cuando se enfadan, escriben literatura. Leopoldo Alas «Clarín» pertenecía sin remedio a la segunda categoría, y esa incapacidad para la mediocridad incluso en el disgusto es lo que convierte La yernocracia en algo más que una diatriba: es un espejo cóncavo, de esos que deforman justo lo suficiente para revelar la verdad.
El título ya es una declaración de guerra disfrazada de neologismo. «Yernocracia»: el gobierno de los yernos, el poder ejercido no por mérito ni por talento sino por la gracia de haber sabido casarse bien. Clarín acuñó la palabra con esa precisión quirúrgica que caracterizaba su pluma, y al hacerlo bautizó un fenómeno que la España de la Restauración practicaba con entusiasmo y sin pudor. Nombrar las cosas es ya, en cierto modo, comenzar a combatirlas.
Clarín es conocido sobre todo por La Regenta, esa catedral narrativa que lo consagró para siempre. Pero reducirlo a una sola obra es un error que él mismo, tan poco dado a las injusticias críticas, habría corregido con algún palmetazo en sus célebres Paliques. Su producción más breve —los artículos, los cuentos, los folletos— revela a un hombre que pensaba con urgencia, que no podía contemplar la estupidez instalada en el poder sin sentir la obligación física de decir algo al respecto. La yernocracia nace de esa urgencia.
Lo que encontrará el lector aquí no es exactamente un ensayo ni exactamente una sátira: es esa zona fronteriza donde Clarín se movía con más soltura, donde el argumento se carga de ironía y la ironía acaba siendo el argumento más sólido. Hay en estas páginas una inteligencia que no descansa, que no concede tregua, pero que tampoco pierde el humor. Clarín sabía que el ridículo bien administrado hiere más que la indignación.
El blanco de su crítica es el nepotismo de salón, esa forma particular de corrupción que no necesita sobornos porque opera con algo más difícil de perseguir: la complicidad familiar, la deuda afectiva, el «es de los nuestros» pronunciado en voz baja antes de firmar un nombramiento. Una España en la que los cargos circulaban por los comedores domésticos antes de aparecer en la Gaceta. Una España que, en sus rasgos esenciales, el lector de hoy reconocerá sin demasiado esfuerzo.
Esa es quizás la cualidad más inquietante de este texto: su vigencia. No porque Clarín fuera profeta —él habría rechazado el elogio con una carcajada— sino porque diagnosticó una enfermedad crónica, no una epidemia pasajera. Los mecanismos que describe no han envejecido; solo han cambiado de traje.
Leer a Clarín en sus textos más combativos es también asistir a una lección de estilo. La frase se tensa, afloja, vuelve a tensarse. La ironía nunca se anuncia: llega sola, y uno se da cuenta de que está sonriendo solo cuando ya es demasiado tarde para evitarlo. Hay una elegancia en su insolencia que lo distingue del simple polemista y lo instala, definitivamente, en la literatura.
Abrir La yernocracia es entrar en conversación con uno de los temperamentos más vivos y más honestos de las letras españolas. Un hombre que amaba demasiado su país para perdonarle sus vicios. Eso, en cualquier época, merece ser leído.