Introducción
¿Se puede dar la vuelta al mundo entero en solo ochenta días? A finales del siglo XIX, cuando el ferrocarril y el barco de vapor empezaban a acortar las distancias, esa pregunta tenía algo de vértigo y de sueño. Julio Verne la convirtió en una de las novelas de aventuras más célebres y apasionantes jamás escritas: La vuelta al mundo en ochenta días, una carrera contrarreloj alrededor del planeta que ha hecho soñar a lectores de todas las edades durante más de siglo y medio.
Su protagonista es uno de los personajes más singulares de la literatura: Phileas Fogg, un caballero inglés tan metódico y flemático que parece una máquina de precisión. Nadie sabe de dónde viene ni de dónde saca su fortuna; vive con una regularidad matemática y no se altera jamás. Una tarde, en la tranquila sala de su club de Londres, discutiendo sobre lo grande o pequeño que se ha vuelto el mundo, Fogg lanza una apuesta insólita: veinte mil libras —la mitad de todo lo que posee— a que puede dar la vuelta al mundo en ochenta días exactos. Y esa misma noche, sin más equipaje que un saco lleno de billetes, parte a cumplir su palabra.
Lo acompaña Passepartout, su flamante criado francés, un antiguo saltimbanqui bonachón y parlanchín que soñaba precisamente con una vida tranquila y se ve arrastrado a la aventura más agotadora imaginable. La pareja que forman —el amo imperturbable y el criado impulsivo— es una de las más entrañables y divertidas de la novela. Juntos cruzarán en tren y en vapor Egipto, la India, Hong Kong, Japón y los Estados Unidos, enfrentándose a mil peripecias: una viuda a la que salvan de morir en la hoguera, ataques de indios, tempestades, retrasos y un sinfín de imprevistos que amenazan a cada paso el ajustadísimo calendario.
Y por si fuera poco, un obstáculo humano persigue a Fogg de continente en continente: el inspector Fix, un policía obstinado convencido de que ese caballero que huye por el mundo es en realidad el ladrón que acaba de desvalijar un banco de Londres. La ironía es deliciosa: mientras Fogg corre para ganar su apuesta, Fix corre para detenerlo, y sin saberlo se convierte en el mayor peligro para el éxito del viaje.
Pero La vuelta al mundo en ochenta días es mucho más que una sucesión de aventuras exóticas. Es un retrato del optimismo de una época que creía en el progreso, en la técnica y en la capacidad del ser humano de dominar el tiempo y el espacio. Y es, sobre todo, la historia de un hombre de hielo que, en el curso del viaje, descubre casi sin darse cuenta algo que ningún cronómetro puede medir: el valor de la lealtad y la fuerza del amor, encarnado en la joven Aouda.
Con un ritmo endiablado, un humor delicioso y uno de los finales más ingeniosos de toda la literatura —un giro genial que no conviene desvelar—, la novela de Verne sigue siendo una lectura irresistible. Abrir sus páginas es subirse al primer tren y lanzarse, con Fogg y Passepartout, a la más emocionante carrera alrededor del mundo.