Introducción
Framton Nuttel, un hombre de nervios frágiles enviado al campo a reposar, llega a una casa de desconocidos con una carta de presentación. Mientras espera a la señora de la casa, lo entretiene la sobrina de quince años, «una señorita con un aplomo sorprendente». Y esa niña —Vera— le cuenta, en voz cada vez más íntima y estremecida, la tragedia de la familia: hace exactamente tres años, el marido y los dos hermanos jóvenes de la tía salieron a cazar por aquella misma ventana abierta y nunca regresaron, engullidos por una traicionera ciénaga. Por eso, dice, la pobre tía deja la ventana abierta cada tarde, esperando que vuelvan.
Cuando la tía aparece y habla, animada, de que su marido y sus hermanos «volverán enseguida de cazar» y entrarán por esa ventana, Framton siente el horror trepándole por la espalda. Y entonces, en el crepúsculo, tres figuras cruzan el jardín hacia la casa, escopetas al brazo, seguidas por un spaniel… El pobre Nuttel huye despavorido. Solo que —claro— no había ninguna tragedia: los cazadores estaban vivos y volvían a la hora del té. Todo era invención de Vera.
«La ventana abierta» es una de las piezas más perfectas del relato breve: una maquinaria de precisión que monta el terror y lo desactiva en su última línea con una sonrisa demoledora. Saki, maestro del cuento con giro, cierra con una de las frases más citadas del género: «La fabulación improvisada era su especialidad». Ingenio, crueldad elegante y una lección sobre el poder de una buena historia bien contada.