Introducción
Cae la nieve sobre la ciudad y, en el pescante de su trineo, el viejo cochero Yona espera clientes, blanco como un aparecido. Hace una semana que se le ha muerto el hijo, y lo único que necesita en el mundo es contarlo: decir cómo enfermó, qué dijo antes de morir, cómo fue el entierro. Pero nadie quiere oírle. El militar le manda callar y andar más deprisa; los tres borrachos lo insultan; el portero lo aparta; otro cochero se duerme mientras él habla.
«La tristeza» —«Toska», en ruso, esa palabra intraducible— es la historia de un dolor que no encuentra oído. Chéjov no subraya nada, no llora por su personaje: con una economía perfecta deja que la indiferencia de la ciudad se acumule sobre Yona como la nieve sobre su trineo. Y entonces escribe la frase que resume todo el relato: su tristeza es tan enorme que, «si pudiera salir de su pecho, inundaría el mundo entero».
El final es de los más conmovedores de la literatura: como ningún ser humano quiere escucharle, Yona baja a la cuadra y le cuenta su pena a su caballo, que come heno y le echa encima su aliento cálido. Una obra maestra sobre el duelo, la soledad y la sorda indiferencia entre los hombres.