Introducción
Hay escritores que no escriben: estallan. Robert E. Howard fue uno de ellos. Desde un pequeño pueblo de Texas, Cross Plains, donde el horizonte es tan vasto que parece una invitación y una amenaza al mismo tiempo, este joven de veinte y pocos años se sentó ante su máquina de escribir y convocó mundos que no existían en ningún mapa. Murió a los treinta años, pero dejó detrás una mitología entera. Y en el corazón de esa mitología late Conan: el cimmerio, el bárbaro, el ladrón, el rey. Un hombre que es, ante todo, una fuerza de la naturaleza con nombre propio.
La torre del elefante, publicada en 1933 en las páginas de la revista Weird Tales, es para muchos lectores —y para muchos críticos que raramente admiten admirar la fantasía pulp— la historia más perfecta que Howard escribió jamás. No la más épica, no la más sangrienta: la más perfecta. Hay en ella una economía narrativa que asombra, una capacidad para construir atmósfera con dos frases y derrumbarla con una sola imagen. Howard sabía que el lector no necesita que le expliquen el peligro: necesita sentirlo en la nuca.
La historia arranca en una taberna de Arenjun, la Ciudad de los Ladrones, donde los rumores circulan como moneda y la ambición es el único idioma que todos hablan. Conan es joven aquí, más joven de lo que solemos recordarlo: es un forastero recién llegado a la civilización, mirándola con ojos que no han aprendido todavía a fingir respeto. Esa juventud importa. Howard nos devuelve al personaje antes de que se vuelva leyenda, cuando todavía era posible sorprenderlo.
Lo que distingue a este relato dentro del género no es solo su ritmo —aunque ese ritmo es prodigioso, tenso como una cuerda a punto de romperse—, sino su disposición a detenerse cuando nadie lo espera. En medio de la aventura, Howard abre una grieta y por ella se cuela algo completamente inesperado: la compasión. Una melancolía cósmica que no tiene nada que envidiarle a Lovecraft y que, sin embargo, es radicalmente distinta, porque en Howard el horror nunca anula la humanidad.
La torre del título no es solo un escenario: es una promesa y un enigma. Cada detalle que Howard coloca en su descripción tiene peso, tiene consecuencia. Nada decora: todo significa. Esa disciplina narrativa, en un autor que producía a destajo para sobrevivir, resulta casi milagrosa.
Leer a Howard hoy exige dejar atrás ciertos prejuicios que el tiempo ha sedimentado sobre la fantasía de aventuras. Exige también, y esto es más fácil, abandonarse a una prosa que tiene músculo y tiene música: frases que golpean y frases que cantan, a veces en el mismo párrafo. Howard no era un escritor ingenuo. Era un escritor voraz, autodidacta, que había leído historia, mitología y poesía con la misma hambre con que su protagonista enfrenta el mundo.
Hay algo en Conan —en este Conan joven, audaz, que trepa muros ajenos y mira las estrellas sin miedo— que sigue interpelando al lector moderno de una manera que cuesta articular del todo. Quizás sea su absoluta falta de cinismo. Quizás sea que, en un mundo de mentiras y jerarquías absurdas, él simplemente actúa. O quizás sea que Howard, escribiendo desde su soledad tejana, puso en ese bárbaro todo lo que él mismo quería ser.
Esta historia cabe en pocas páginas. Pero cuando se termina, ocupa mucho más espacio del que debería ser posible.