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Acerca del libro

Portada de La tempestad

William Shakespeare

La tempestad

Hay obras que parecen escritas al final de algo. La tempestad es una de ellas. Shakespeare la compuso hacia 1611, cuando llevaba más de dos décadas llenando los escenarios del Globe con reyes que enloquecían, amantes que morían y villanos que fascinaban.
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Portada de La tempestad
La tempestad
William Shakespeare

Introducción

Hay obras que parecen escritas al final de algo. La tempestad es una de ellas. Shakespeare la compuso hacia 1611, cuando llevaba más de dos décadas llenando los escenarios del Globe con reyes que enloquecían, amantes que morían y villanos que fascinaban. Era, en todos los sentidos, un hombre que sabía lo que hacía con las palabras. Y sin embargo, en esta obra —la última que escribió en solitario— eligió hacer algo distinto: detenerse, mirar atrás y preguntarse qué significa, al cabo, todo ese poder de crear mundos.

La historia arranca con una tormenta prodigiosa que hace naufragar un barco frente a una isla sin nombre. Pero casi de inmediato descubrimos que esa tormenta no es accidente ni capricho del cielo: alguien la ha convocado. Próspero, el duque depuesto de Milán, lleva doce años en ese islote con su hija Miranda, sus libros de magia y dos criaturas que le sirven —o le soportan—: el espíritu aéreo Ariel y el monstruoso Calibán. Cuando los hombres que lo traicionaron caen en su isla, Próspero tiene en la mano todo lo que necesita para vengarse. Lo que hace con ese poder es el verdadero argumento de la obra.

Pocas veces en toda la literatura un personaje concentra tantas preguntas incómodas. Próspero es mago y tirano, padre amoroso y amo cruel, artista y manipulador. Controla cada movimiento de los demás como un dramaturgo que mueve a sus actores, y Shakespeare parece disfrutar —o quizás inquietarse— ante ese espejo. Porque Próspero hace exactamente lo que hace un autor de teatro: fabrica ilusiones, dirige emociones, decide quién sufre y cuánto. La pregunta que La tempestad no responde del todo, y que por eso sigue vibrando, es si ese poder es arte o es violencia.

Calibán complica aún más las cosas. Es la criatura a quien Próspero arrebató la isla, el ser al que enseñó el lenguaje y que ahora usa ese mismo lenguaje para maldecirle. Los siglos lo han leído como monstruo, como esclavo, como símbolo del colonizado, como la naturaleza en bruto que la civilización pretende domesticar. Ninguna de esas lecturas lo agota. Shakespeare le dio uno de los parlamentos más hermosos de toda la obra —ese sueño de músicas que llenan el aire— y con eso bastó para que ningún lector pudiera despacharlo con facilidad.

La isla misma es un personaje. Está llena de sonidos, de visiones, de una belleza que desorienta. Shakespeare construyó un espacio donde el deseo y el miedo se vuelven indistinguibles, donde lo que parece real puede ser encantamiento y lo que parece encantamiento puede ser la verdad más honda. No hay en su obra otro lugar tan deliberadamente onírico, tan consciente de ser un escenario.

Y luego está el final. Sin revelar nada, digamos solo que Shakespeare eligió para esta historia un desenlace que no se parece al de ninguna otra tragedia ni comedia suya. Hay reconciliación, sí, pero también algo que se renuncia, algo que se suelta. Muchos críticos han querido ver en ese gesto la despedida del propio autor de su arte. Sea o no cierta esa lectura biográfica, lo que sí es verdad es que el último acto de La tempestad tiene la extraña temperatura de las cosas que se dicen una sola vez.

Leer esta obra hoy es encontrarse con preguntas que el siglo XVII formuló con una precisión que todavía duele: ¿quién tiene derecho a gobernar a quién?, ¿puede el arte redimir o solo consuela?, ¿qué queda cuando uno suelta el control? Shakespeare no era un filósofo que buscara respuestas; era un dramaturgo que sabía que las mejores preguntas se sienten antes de pensarse.

La tormenta ya está convocada. La isla espera.

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Cada gran obra esconde gemas del pensamiento

Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

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