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Acerca del libro

Portada de La sombra

Hans Christian Andersen

La sombra

Hay un momento en la vida de todo lector en que un cuento deja de parecerle cosa de niños y se convierte en algo más inquietante: un espejo. Con Hans Christian Andersen ese momento llega antes de lo esperado, porque Andersen nunca escribió del todo para niños. Escribió para las personas que los niños llegarían a ser, para ese adulto que un día se miraría al suelo y encontraría su sombra un poco más larga, un poco más autónoma, un poco más peligrosa de lo que recordaba.
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Portada de La sombra
La sombra
Hans Christian Andersen

Introducción

Hay un momento en la vida de todo lector en que un cuento deja de parecerle cosa de niños y se convierte en algo más inquietante: un espejo. Con Hans Christian Andersen ese momento llega antes de lo esperado, porque Andersen nunca escribió del todo para niños. Escribió para las personas que los niños llegarían a ser, para ese adulto que un día se miraría al suelo y encontraría su sombra un poco más larga, un poco más autónoma, un poco más peligrosa de lo que recordaba.

La sombra es, de entre todos sus cuentos, el que más incomoda. No hay en él patitos feos que se transformen en cisnes, ni sirenitas que aspiren a un alma inmortal con ternura melancólica. Lo que hay es una pregunta formulada con precisión quirúrgica: ¿qué ocurre cuando aquello que debería seguirte decide ir por delante?

Andersen la escribió en 1847, en un período de su vida en que el éxito y la soledad convivían con una tensión que él conocía mejor que nadie. Era ya famoso en media Europa, traducido, agasajado, recibido en palacios; y sin embargo seguía sintiéndose fuera de lugar, como un hombre cuyo reflejo hubiera aprendido a moverse con más soltura que él. No es difícil leer el cuento como una confesión cifrada, aunque sería un error reducirlo a eso, porque su grandeza está precisamente en que trasciende cualquier biografía particular.

La historia arranca en un país cálido, casi sofocante, donde un sabio del norte pierde su sombra de la manera más absurda y cotidiana. Hasta aquí, el tono es casi de comedia. Pero Andersen era un maestro del giro imperceptible: el momento en que la sonrisa del lector se congela sin que sepa exactamente cuándo dejó de ser una sonrisa. La sombra regresa, y lo que trae consigo no es alivio sino una inversión del orden natural de las cosas que se irá volviendo cada vez más irreversible.

Lo que hace único este cuento dentro del canon de Andersen —y dentro de la literatura fantástica en general— es su frialdad. No hay redención, no hay moraleja consoladora envuelta en lágrimas. Hay una lógica implacable que avanza con la naturalidad de una pesadilla bien construida, de esas en las que uno sabe que algo va terriblemente mal pero no puede señalar el instante exacto en que todo se torció.

Los románticos alemanes habían jugado antes con el motivo del doble, con el Doppelgänger como figura del horror interior. Andersen toma esa tradición y la despoja de grandilocuencia gótica: su versión es más doméstica, más social, más aterradora precisamente porque podría ocurrir en cualquier salón bien iluminado, entre personas educadas que dicen las cosas correctas.

Leer La sombra hoy es descubrir que el siglo XIX anticipó con asombrosa lucidez algunas de las angustias más reconocibles del presente: la identidad que se desliza, la reputación que cobra vida propia, la sensación de que la imagen que proyectamos puede acabar siendo más real —o al menos más poderosa— que nosotros mismos.

Andersen cabe en pocas páginas. Esa es otra de sus virtudes: la economía absoluta, cada palabra en su sitio, sin un gramo de relleno. La sombra se lee en una sentada y se piensa durante días. Pocas obras pueden presumir de esa proporción.

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