Introducción
Cuando Hans Christian Andersen escribió La sirenita, en 1837, acababa de sufrir una de las mayores decepciones de su vida: se había enamorado perdidamente de un joven, Edvard Collin, que solo pudo ofrecerle amistad y que estaba a punto de casarse con una mujer. Andersen huyó, desolado, a una isla del norte de Dinamarca, y de aquel corazón roto nació este cuento. Por eso, bajo su superficie de fábula infantil, La sirenita es una de las historias de amor no correspondido más desgarradoras que se han escrito.
La protagonista es la más joven de las hijas del rey del mar, una criatura que, a diferencia de sus hermanas, sueña con el mundo de arriba: la luz del sol, las ciudades de los hombres, las almas que —le han contado— no mueren nunca. Cuando salva de morir ahogado a un príncipe y se enamora de él, toma una decisión que lo cambiará todo. Y aquí conviene una advertencia: la historia original de Andersen no es la versión alegre que popularizó el cine.
Su corazón es una renuncia terrible. Para caminar entre los humanos y acercarse a su príncipe, la sirenita entrega a la bruja del mar lo más valioso que posee: su voz. Y cada paso que dé sobre sus nuevas piernas será como pisar cuchillos afilados. Andersen convierte el amor en un acto de entrega absoluta, en el que se da todo —la voz, el hogar, el bienestar— sin ninguna garantía de recibir algo a cambio. Es difícil no ver ahí su propia experiencia.
Pero bajo la historia de amor late algo aún más hondo: el anhelo de un alma inmortal. La sirenita no solo desea al príncipe; desea trascender, pertenecer a un orden más alto que el de su naturaleza. Su drama no es solo romántico, sino espiritual, y eso da al cuento una dimensión que lo eleva muy por encima de cualquier romance.
El final original lo confirma. Lejos del casamiento feliz, la sirenita parece disolverse en la espuma del mar; y sin embargo, en lugar de desaparecer, se transforma en un espíritu del aire al que se le concede la posibilidad de ganar, con siglos de buenas acciones, esa alma que tanto deseó. Es un desenlace melancólico y luminoso a la vez, muy distinto del que quizá recuerdas, y de una belleza que no se olvida.
Andersen, que se sintió toda su vida un extraño, un hombre que no encajaba en el mundo que lo rodeaba, se retrató sin querer en esta criatura que no pertenece del todo ni al mar ni a la tierra. La sirenita es una de las grandes figuras de la literatura sobre quienes viven entre dos mundos, amando sin ser correspondidos.
Su influencia es universal: inspiró estatuas, ballets, óperas y películas, y la imagen de la sirena que renuncia a su voz por amor se ha vuelto un mito moderno. En el puerto de Copenhague, una pequeña figura de bronce la recuerda frente al mar, convertida ya en símbolo de toda una ciudad.
Léela como lo que es —el desahogo de un corazón herido— y déjate llevar por su tristeza y su ternura. Baja al reino del fondo del mar, junto a una joven que mira hacia la luz de la superficie sin saber todavía cuánto va a costarle alcanzarla.