Introducción
Una de las miniaturas más perfectas y conmovedoras de Katherine Mansfield. En una tarde espléndida, la señorita Brill —una solitaria profesora de inglés— saca de su caja su vieja estola de piel, a la que trata con ternura como a una mascota, y acude, como cada domingo, a los Jardines Públicos. Allí escucha la banda y se dedica a su placer secreto: observar a la gente y «sentarse en la vida de otras personas» por un instante, escuchando sus conversaciones.
La tarde la va llenando de una alegría creciente hasta que, de pronto, tiene una revelación luminosa: todos los que están allí —los paseantes, los ancianos de los bancos, los músicos, y ella misma— no son simples espectadores, sino actores de una gran obra de teatro que se representa cada domingo. «Era exactamente como una obra de teatro», piensa, extasiada; hasta ella tiene su papel, y por eso importa que acuda puntual. Emocionada, cree que en cualquier momento toda la compañía romperá a cantar, y sus ojos se llenan de lágrimas de felicidad.
Pero entonces una joven pareja se sienta a su lado, y el muchacho, molesto por su presencia, la ridiculiza a ella y a su vieja piel —«es exactamente como una eglefina frita»—. La ilusión se hace añicos. La señorita Brill vuelve a casa sin comprar su acostumbrada rebanada de pastel de miel, entra en su cuartucho «como un armario» y guarda la piel en su caja; y al cerrar la tapa, cree oír algo llorar. «La señorita Brill» es un prodigio de sutileza sobre la soledad, la autoilusión y la crueldad, en el que un solo comentario derrumba toda una vida.