Introducción
Unos años antes de escribir este libro, Platón había visto cómo la democracia de Atenas condenaba a muerte a su maestro, Sócrates, por el delito de hacer preguntas incómodas. Es imposible entender La República sin esa herida de fondo: es la obra de un hombre que ha perdido la fe en que la mayoría sepa gobernarse, y que se atreve a imaginar, en su lugar, cómo sería una ciudad verdaderamente justa. La pregunta con la que arranca es engañosamente simple: ¿qué es la justicia, y por qué habríamos de ser justos?
La forma que elige es la del diálogo. No hay aquí un tratado que dicte verdades, sino una conversación viva en la que Sócrates y sus amigos ponen las ideas a prueba unas contra otras, durante una larga noche que no quieren dar por terminada. Para entender qué es la justicia en una persona, Sócrates propone examinarla primero «a mayor escala», en una ciudad entera; y así, casi sin darnos cuenta, el lector asiste a la construcción imaginaria de la sociedad perfecta.
Esa ciudad ideal es el gran experimento del libro. Platón imagina una comunidad gobernada no por los más ricos ni por los más fuertes, ni siquiera por la mayoría, sino por los más sabios: los «reyes filósofos». Su tesis, escandalosa entonces y ahora, es que el poder solo debería estar en manos de quienes aman la verdad y, precisamente por eso, no lo desean para sí.
Pero La República es mucho más que política. Por el camino, Platón despliega toda su filosofía: una teoría del alma dividida en tres partes, una teoría del conocimiento, una reflexión sobre la educación, el arte y la felicidad. Al preguntar por la justicia, se abre de golpe el mapa entero del pensamiento humano.
Y en su centro brilla la imagen más famosa de toda la filosofía: la alegoría de la caverna. Unos prisioneros, encadenados desde niños, toman por realidad las sombras que unas figuras proyectan en la pared del fondo; cuando uno logra liberarse y salir a la luz, descubre —cegado al principio y luego maravillado— que había vivido siempre engañado. Esa parábola sobre la ignorancia, el conocimiento y el arduo camino hacia la verdad sigue siendo, veinticuatro siglos después, insuperable.
Se ha dicho que toda la filosofía occidental no es más que una serie de notas al pie de Platón, y La República es su obra central: alimentó a teólogos, utopistas y revolucionarios, e inauguró debates sobre la justicia, la educación y el poder que todavía no hemos cerrado.
Sus preguntas, además, son las nuestras: ¿quién debería gobernar?, ¿qué es una vida justa?, ¿cómo distinguimos la verdad de las sombras que alguien nos vende? No hace falta ser filósofo para seguir el hilo: Sócrates avanza con ejemplos cotidianos y una ironía que aún hace sonreír.
Nada de esto se lee como un dogma: se lee como una discusión a la que estás invitado a sumarte. Ponte del lado de quien duda, búscale las grietas a la ciudad perfecta, resístete; eso es justo lo que Platón buscaba provocar. Siéntate con ellos esa noche en Atenas, porque la pregunta que van a plantearse lleva veinticuatro siglos sin dejar dormir a nadie.