Introducción
Hay cuentos que se leen de niño y se olvidan, y hay cuentos que se leen de niño y se quedan dentro para siempre, creciendo en silencio junto a uno. La reina de las nieves pertenece a esa segunda categoría: es una de esas historias que no terminan cuando se cierra el libro, porque su verdadero escenario no es el norte helado ni los palacios de hielo, sino el corazón humano.
Hans Christian Andersen la publicó en 1844, y desde entonces no ha dejado de leerse. Pero conviene saber algo sobre este hombre antes de entrar en sus páginas: Andersen no era un recopilador de tradiciones populares, como los hermanos Grimm. Era un inventor. Un contador de historias que salió de la pobreza más absoluta en Odense, Dinamarca, y construyó con palabras un mundo propio, inconfundible, donde la ternura y la crueldad conviven con una naturalidad que desconcierta y maravilla a partes iguales. Sus cuentos no son suaves. Son hermosos y duros al mismo tiempo, como el invierno.
En La reina de las nieves hay una niña llamada Gerda que emprende un viaje para recuperar a su amigo Kai, atrapado por una fuerza que no es exactamente malvada, sino algo más inquietante: fría. La Reina de las Nieves no necesita amenazar ni gritar. Le basta con existir, con ser perfecta y sin temperatura. Y eso, curiosamente, es lo que la hace tan perturbadora.
Lo que Andersen construye aquí no es una aventura de héroes y villanos, sino una meditación sobre lo que significa querer a alguien. Gerda no tiene poderes especiales. No es la más lista ni la más valiente en el sentido convencional. Tiene, simplemente, una capacidad extraordinaria para amar sin rendirse, y esa capacidad resulta ser la única fuerza que puede derretir lo que el frío ha congelado. En un siglo en que los cuentos solían reservar los grandes gestos para los príncipes, Andersen puso a una niña ordinaria en el centro del mundo y le dio todo el peso de la historia.
El relato está dividido en siete partes que Andersen llamó «historias», y esa estructura fragmentada le da al conjunto un ritmo muy particular: cada sección tiene su propio clima, su propio color, como si el viaje de Gerda atravesara no solo geografías distintas sino estados del alma diferentes. Hay episodios que parecen sueños, otros que rozan la pesadilla, y otros que tienen la calidez precisa de un fuego encendido en mitad de la nieve.
Andersen escribía para niños, sí, pero nunca los subestimó. Sabía que los niños entienden perfectamente la tristeza, la lealtad y la pérdida, y que no necesitan que se les expliquen esas cosas, sino que se las cuenten bien. Por eso sus cuentos siguen funcionando cuando uno los lee con cuarenta años: no porque sean alegóricos ni filosóficos en el sentido académico, sino porque son verdaderos.
Este cuento en particular tiene además una cualidad extraña: cuanto más tiempo pasa desde que lo lees, más grande parece. Detalles que parecían decorativos revelan su peso. Personajes que parecían secundarios resultan ser esenciales. La Reina de las Nieves, que apenas aparece en escena, llena cada página con su ausencia.
Abrir este libro es, en cierto modo, salir al frío. Pero Andersen siempre supo que el frío, bien contado, puede ser la cosa más cálida del mundo.