Introducción
Hay una ciudad que respira, murmura y vigila, y que es el verdadero primer personaje de esta novela. Se llama Vetusta —bajo ese nombre late el Oviedo de finales del siglo XIX— y desde sus torres, sus salones y sus confesonarios lo observa todo. En su corazón vive una mujer que no encaja: Ana Ozores, la Regenta, tan hermosa como desdichada, casada con un hombre bueno pero viejo, sola en medio de un mundo que no sabe qué hacer con su inteligencia ni con su sed de belleza.
Leopoldo Alas, «Clarín», tardó años en construir este edificio inmenso, y se nota: La Regenta es una catedral novelesca, minuciosa y grandiosa, en la que caben una ciudad entera y el alma de una mujer. Publicada en dos tomos entre 1884 y 1885, escandalizó a la provincia que retrataba y hoy se lee como lo que es: la cumbre de la novela española del siglo XIX, a la altura de Flaubert o Tolstói, con quienes comparte tema y ambición.
El drama de Ana es el de un deseo sin salida. Educada entre sospechas, temida por su rareza, se debate entre dos hombres que se disputan su rendición como quien juega una partida. Uno es don Fermín de Pas, el Magistral: sacerdote poderoso, orgulloso y ambicioso, que la dirige espiritualmente mientras una pasión que no puede confesarse lo consume por dentro. El otro es Álvaro Mesía, el donjuán de Vetusta, frío y vanidoso, para quien conquistar a la Regenta es sobre todo una cuestión de prestigio.
Entre esos dos polos —el confesonario y el salón, la fe y el mundo—, Ana se agota. No es una adúltera de folletín ni una santa: es una mujer viva atrapada en un lugar y una época que castigan cualquier anhelo que se salga de la norma. Clarín la mira con una compasión que estremece, sin ahorrarle sus contradicciones, y hace de su historia una acusación contra todo lo que la asfixia.
Porque la gran fuerza del libro es su retrato de la sociedad. Vetusta es el tedio hecho ciudad: la beatería y la maledicencia, los caciques y las visitas de cumplido, el aburrimiento que empuja a la gente a espiarse y destruirse por deporte. Con una ironía finísima y una crueldad de bisturí, Clarín desnuda la hipocresía de un mundo entero, donde la apariencia lo es todo y donde la libertad de una mujer resulta intolerable.
Conviene entrar sin prisa: la novela se toma su tiempo, se demora en las miradas, en los objetos, en los pensamientos que nadie dice en voz alta. Esa lentitud es su lujo. A cambio, ofrece una inmersión total, hasta que Vetusta se vuelve un lugar que reconocemos y Ana, alguien a quien no podemos dejar de acompañar.
Abra el libro, entonces, y deje que las campanas de la catedral marquen la hora. Le espera una de las mujeres más inolvidables de nuestra literatura y una ciudad que, bajo su barniz de decencia, esconde una de las historias más humanas y más despiadadas jamás contadas en español.