Introducción
Hay libros que incomodan porque dicen la verdad. La rampa, publicada en 1917, es uno de ellos: una novela que se atreve a mirar de frente lo que la España de su tiempo prefería no ver, escrita por una mujer que tampoco debía existir según las normas de su época, y que existió de todas formas con una energía que todavía hoy resulta difícil de contener en una sola biografía.
Carmen de Burgos —«Colombine», como la conocían los lectores de prensa— fue periodista, viajera, traductora, conferenciante y novelista en un país donde las mujeres apenas tenían acceso a la vida pública. Esa posición de observadora privilegiada y marginal a la vez impregna cada página de esta novela: la mirada de alguien que conoce los mecanismos del mundo porque ha tenido que aprenderlos por necesidad, no por herencia.
La rampa es el Madrid de las pensiones modestas, de las oficinas donde los sueldos no alcanzan, de los pasillos donde se negocia la dignidad a cambio de un ascenso. Es el Madrid de las mujeres que trabajan —no las heroínas románticas ni las señoras de salón, sino las que cogen el tranvía cada mañana y regresan exhaustas cada noche— y que se enfrentan a una trampa silenciosa: la de un sistema que las necesita pero no las respeta, que las emplea pero no las protege.
El título lo dice todo con una sola imagen. Una rampa no es un precipicio ni una escalera: es una pendiente, algo que parece manejable hasta que uno se da cuenta de que lleva demasiada velocidad para detenerse. Burgos construye esa sensación con una precisión casi clínica, sin melodrama, sin villanos de opereta. El peligro en esta novela no tiene cara de monstruo; tiene cara de costumbre.
Lo que hace singular a La rampa dentro de la narrativa española de principios del siglo XX es precisamente esa negativa al adorno. Donde otras novelas de la época envuelven la crítica social en alegorías o la suavizan con finales redentores, Burgos elige la textura de lo cotidiano: los detalles del trabajo, del dinero escaso, de las conversaciones que no se tienen porque nadie quiere pronunciar ciertas palabras en voz alta.
Leerla hoy produce una extraña mezcla de reconocimiento y vergüenza. Reconocimiento porque muchas de las tensiones que describe —la precariedad laboral femenina, el acoso velado, la doble exigencia de ser eficiente y discreta, de trabajar como un hombre y comportarse como una señorita— no han desaparecido del todo. Vergüenza porque llevamos más de un siglo y seguimos teniendo que nombrarlas.
Burgos no escribe desde la rabia, aunque tendría motivos para hacerlo. Escribe desde algo más difícil de sostener: la lucidez. Y esa lucidez convierte La rampa en una novela que no envejece porque no se apoya en la indignación del momento, sino en la observación de algo estructural, algo que cambia de forma pero no de fondo.
Hay también en estas páginas una ternura hacia sus personajes que impide que la novela se convierta en panfleto. Burgos quiere a sus criaturas incluso cuando las juzga, incluso cuando las ve cometer los errores que el lector ya intuye desde lejos. Esa compasión sin condescendencia es quizás su mayor logro literario.
Tiene usted entre las manos una novela que fue escrita hace más de cien años y que, sin embargo, no pide ningún esfuerzo de traducción emocional. Solo pide atención. Y que uno esté dispuesto a reconocer, en esa rampa que Burgos dibuja con tanta exactitud, algo que quizás también conoce.