Introducción
Jack London escribió «La peste escarlata» en 1912, cuando el mundo todavía creía en el progreso como una promesa indestructible. Ferrocarriles, telégrafos, rascacielos: la civilización avanzaba y nadie apostaba en su contra. London sí. Con la tranquila ferocidad que lo caracterizaba, imaginó un futuro en el que todo aquello había desaparecido de un golpe, barrido por una epidemia que tardó apenas unas semanas en hacer lo que siglos de guerras no habían conseguido. El resultado es una de las novelas cortas más perturbadoras que ha dado la literatura norteamericana, y también una de las más injustamente olvidadas.
La historia arranca sesenta años después del desastre. Un anciano camina entre ruinas cubiertas de vegetación salvaje, acompañado por unos nietos que han crecido sin libros, sin ciudades, sin memoria de lo que existió antes. Ese viejo fue profesor universitario en San Francisco. Lo que sabe —lo que recuerda— es todo lo que queda de un mundo entero. London construye su relato sobre esa brecha brutal entre quien vivió la caída y quienes nacieron después de ella, y en esa distancia cabe todo: la pérdida, el asombro, la pregunta sin respuesta de si el ser humano merece lo que construye.
Hay en London una tensión que nunca se resuelve del todo y que hace de su escritura algo más que aventura o denuncia. Amaba la fuerza bruta de la naturaleza y al mismo tiempo creía en la inteligencia humana; admiraba al hombre de acción y desconfiaba del hombre de poder; era socialista y darwinista casi en el mismo párrafo. «La peste escarlata» es quizás el lugar donde esas contradicciones se muestran con mayor desnudez, porque el apocalipsis lo iguala todo y obliga a preguntarse qué queda cuando se quita la capa de la civilización.
Lo que hace singular a este libro entre tantas ficciones de catástrofe es su tono. No hay épica del superviviente ni heroísmo redentor. Hay un anciano que habla y unos jóvenes que apenas escuchan, más interesados en cazar que en entender. La tragedia no está en la epidemia sino en la indiferencia: en que el conocimiento puede morir sin drama, sin que nadie lo llore, simplemente porque ya no sirve para encender un fuego ni atrapar un conejo.
London escribió esto más de un siglo antes de que las pandemias volvieran a ocupar el centro de la conversación mundial, y sin embargo cada vez que el mundo ha temblado de verdad, alguien ha vuelto a estas páginas. No porque sean proféticas en el sentido fácil, sino porque capturan algo más hondo: la fragilidad de los sistemas que damos por eternos, la velocidad con que lo construido puede deshacerse, la soledad de quien recuerda un mundo que los demás no pueden imaginar.
Leer «La peste escarlata» hoy es encontrarse con un libro que parece escrito desde una lucidez incómoda. London no consuela ni alecciona; observa, con esa mirada suya que mezcla ternura y crueldad en proporciones iguales. Y cuando el anciano termina de hablar y los nietos vuelven a sus juegos sin haber entendido casi nada, el lector se queda solo con la pregunta, que es la mejor herencia que puede dejar un libro: ¿y nosotros, qué recordaríamos?