Introducción
«Amo la noche con pasión»: así abre uno de los relatos más inquietantes y hermosos de Guy de Maupassant, a medio camino entre el poema en prosa y el cuento de terror. El narrador confiesa un amor obsesivo, «instintivo, profundo, invencible», por las tinieblas. El día lo fatiga y lo aburre —«es brutal y ruidoso»—; solo cuando el sol se hunde y la sombra crece se siente vivo, más joven, más fuerte, invadido por una alegría de todo el cuerpo. Sale entonces a caminar por un París nocturno que describe con una prosa deslumbrante, poblada de luces, astros y sombras.
Pero una noche —«¿fue ayer?»— algo se tuerce. El paseo habitual se vuelve pesadilla: las nubes anegan las estrellas, los faroles de gas se apagan antes de tiempo, la ciudad se vacía y enmudece. El narrador vaga por calles «negras, negras, negras como la muerte», llama a las puertas sin respuesta, grita socorro sin eco. Su reloj se detiene; el tiempo mismo parece haberse abolido. París entero duerme «con un sueño profundo, aterrador», o quizá ha muerto, y el día no vuelve a amanecer jamás.
En un desenlace de angustia creciente, el hombre desciende hacia el Sena para comprobar si el río sigue corriendo, hunde el brazo en el agua helada y siente que las fuerzas lo abandonan: va a morir allí, «de hambre, de fatiga y de frío», engullido por la noche que amó demasiado. «La noche» es una joya del fantástico: la historia de un amor llevado hasta su consecuencia fatal, y una metáfora estremecedora de la locura, la soledad y la muerte, escrita en la prosa más luminosa sobre la más impenetrable oscuridad.