Introducción
Hay escritores que construyen mundos y escritores que construyen abismos. Howard Phillips Lovecraft hizo las dos cosas a la vez, pero en «La nave blanca» eligió el abismo más extraño de todos: el de la belleza inalcanzable. Este relato breve, escrito en 1919 y publicado ese mismo año en la revista The United Amateur, es una de las piezas más insólitas de su autor, precisamente porque quien la lee esperando el horror de siempre encuentra algo mucho más perturbador: la melancolía.
Basil Elton es guardián de un faro en una costa sin nombre. Cada noche contempla el mar desde su torre de piedra, heredada de su padre y de su abuelo, y cada noche siente que el océano le habla en un idioma que casi comprende. Hasta que una luna llena trae consigo una nave blanca de madera antigua, con velas de seda y un marinero silencioso en la proa, y Elton sube a bordo sin preguntarse demasiado si aquello es sueño o vigilia. Desde ese momento, el relato se convierte en un viaje hacia tierras que no figuran en ningún mapa: Zar, la ciudad de los cuentos olvidados; Thalarion, la ciudad de mil maravillas; Xura, la tierra de los placeres no imaginados.
Lo que Lovecraft está haciendo aquí no es fantasía de evasión, aunque lo parezca. Está explorando algo que le obsesionó toda la vida con una intensidad casi dolorosa: el deseo humano de alcanzar lo perfecto, lo absoluto, lo que siempre está un horizonte más allá. Elton rechaza cada puerto que se le ofrece porque siempre hay otro más luminoso en el horizonte, y en ese gesto irreflexivo está toda la tragedia del relato. El cuento no habla de monstruos. Habla de nosotros.
La prosa de Lovecraft adopta aquí un registro completamente distinto al de sus relatos más célebres. No hay tentáculos ni geometrías imposibles ni la fría indiferencia del cosmos. Hay, en cambio, una cadencia casi bíblica, una solemnidad de crónica antigua, como si el narrador estuviera tallando sus palabras en piedra. Esa voz solemne y un poco irreal es parte del hechizo: nos coloca exactamente en el mismo estado de ánimo que Elton, suspendidos entre la certeza y el sueño.
Es curioso que este Lovecraft —el del asombro, el de la nostalgia, el de los horizontes imposibles— sea menos conocido que el del terror cósmico. Pero quienes se acercan a «La nave blanca» suelen llevarse una sorpresa que los cambia un poco: descubren que el mismo hombre capaz de imaginar a Cthulhu era también capaz de escribir algo que duele de una manera completamente diferente, más íntima y más difícil de sacudirse.
El relato cabe en pocas páginas. Se lee en menos de media hora. Y sin embargo tiene la rara cualidad de los textos que no terminan del todo cuando se cierra el libro, sino que siguen navegando en algún lugar de la memoria, apareciendo de pronto cuando uno mira el mar o piensa en todo lo que eligió no hacer por miedo a perder lo que ya tenía. Eso es lo que hace grande a esta pequeña nave blanca: que su historia no es la de Basil Elton. Es la de cualquiera que haya deseado algo con demasiada intensidad y haya llegado demasiado lejos buscándolo.
Aquí comienza el viaje. El marinero silencioso ya espera en la proa.