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Portada de La música de Erich Zann

H. P. Lovecraft

La música de Erich Zann

Hay calles que no aparecen en ningún mapa. No porque el cartógrafo haya cometido un error, sino porque algo en ellas resiste ser fijado, nombrado, reducido a coordenadas. La Rue d'Auseil, la calle donde transcurre este relato, es una de esas calles.
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Portada de La música de Erich Zann
La música de Erich Zann
H. P. Lovecraft

Introducción

Hay calles que no aparecen en ningún mapa. No porque el cartógrafo haya cometido un error, sino porque algo en ellas resiste ser fijado, nombrado, reducido a coordenadas. La Rue d'Auseil, la calle donde transcurre este relato, es una de esas calles. El narrador la busca después de los hechos, recorre el barrio universitario de una ciudad sin nombre, pregunta, señala, y nadie sabe de qué habla. Esa imposibilidad de encontrarla de nuevo es, quizás, el primer escalofrío que Lovecraft nos regala antes de que hayamos leído una sola línea de la historia propiamente dicha.

«La música de Erich Zann» es uno de los textos más breves que escribió Howard Phillips Lovecraft, y también uno de los más perfectos. En una obra conocida por sus monstruos cósmicos, sus ciudades sumergidas y sus dioses que duermen bajo el océano, este relato ocupa un lugar extraño y precioso: no hay tentáculos, no hay rituales, no hay tomos malditos. Hay un anciano mudo que toca viola por las noches en el último piso de un edificio desvencijado, y hay una ventana que da a una oscuridad que no debería existir.

Lovecraft escribió este cuento en 1921, en uno de los períodos más fértiles de su vida creativa, cuando todavía estaba construyendo el vocabulario del miedo que lo haría inmortal. Y sin embargo, aquí prescinde de casi todo ese vocabulario. Lo que queda es algo más desnudo y más inquietante: la música como frontera, como escudo, como conversación con algo que no tiene forma ni nombre. Erich Zann no habla. Solo toca. Y en ese silencio obligado reside una de las tensiones más perturbadoras de toda la literatura fantástica.

Existe una tradición de relatos donde el arte salva al artista, donde la belleza es refugio. Lovecraft invierte esa tradición con una elegancia casi cruel. Aquí el arte no salva: contiene. Y la diferencia entre ambas cosas es abismal, porque contener implica que hay algo que necesita ser contenido, algo que empuja desde el otro lado, algo que escucha.

Lo que hace grande a este texto no es lo que muestra, sino lo que sugiere y luego retira. Lovecraft era un maestro de la sustracción: sabía que el horror más duradero es el que el lector completa con su propia imaginación. La ventana de Erich Zann no revela nada concreto, y esa negativa a revelar es, paradójicamente, lo más aterrador del relato.

También es un cuento sobre la incomunicación. Dos hombres comparten un mismo edificio, una misma noche, un mismo miedo, y no pueden hablarse. El narrador no entiende la música; Zann no puede explicar lo que sabe. Entre ellos hay un abismo tan real como el que se abre al otro lado del cristal. Pocas veces la soledad ha sido tan bien narrada sin que nadie pronuncie esa palabra.

Leer a Lovecraft hoy exige cierta generosidad con sus limitaciones —las hay, y son conocidas— pero también exige atención a sus logros genuinos. Este relato es uno de ellos. Cabe en pocas páginas y, sin embargo, deja una huella desproporcionada, como esas melodías que uno no recuerda haber aprendido pero que aparecen en la cabeza a horas intempestivas, sin aviso, sin explicación.

Apague la luz si quiere. O déjela encendida. Con este cuento, da lo mismo.

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Hay frases que atraviesan los siglos, revelan verdades profundas y muchas veces cambian vidas. Viven escondidas en las obras que han marcado la historia de la humanidad. Leer es minarlas: cuando encuentres una que de verdad lo sea, márcala; si es una gema, se publicará con tu nombre en la página del autor y del libro. También descubrirás las gemas que ha hallado la comunidad.

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