Introducción
Una de las meditaciones más fascinantes de Franz Kafka, a medio camino entre el relato, el ensayo y la parábola. La narra un estudioso que reflexiona sobre el enigma de la construcción de la Gran Muralla China: no se levantó de un tramo continuo, sino por el «sistema parcial», en secciones separadas de quinientos metros que grupos de trabajadores erigían aquí y allá, dejando entre ellas grandes lagunas que tardaron siglos en cerrarse —si es que llegaron a cerrarse—. ¿Por qué una obra destinada a proteger contra los pueblos del norte se edificó de manera tan fragmentaria y aparentemente absurda?
Esa pregunta abre una reflexión más honda sobre el imperio, su inmensidad inabarcable y la distancia infinita que separa al humilde súbdito de las provincias del poder que reside en Pekín. El pueblo no sabe siquiera qué emperador reina, ni distingue dinastías caídas hace siglos: el poder es a la vez omnipresente y remotísimo, tan lejano que resulta un sueño.
En el corazón del texto late su célebre parábola, «Un mensaje imperial»: un emperador moribundo confía un mensaje, solo para ti, a un mensajero; pero este, por más que se esfuerce, jamás logrará atravesar las incontables cámaras, escaleras y patios del palacio, ni la Ciudad Imperial «colmada hasta arriba de sus propios sedimentos». El mensaje nunca llegará. «Tú, sin embargo, te sientas junto a tu ventana y lo sueñas cuando llega el atardecer». «La muralla china» es una obra maestra sobre el poder, la distancia y la relación imposible entre el individuo y la autoridad.