Introducción
Hay ciudades que merecen su destino. Sarnath es una de ellas.
Howard Phillips Lovecraft escribió este relato en 1919, cuando tenía apenas veintinueve años y el mundo todavía no sabía muy bien qué hacer con él. Era un hombre extraño, recluido en Providence, Rhode Island, que pasaba las noches leyendo y escribiendo cartas interminables a desconocidos, y que había encontrado en los mitos y las leyendas antiguas una materia prima infinita para sus obsesiones. La maldición que cayó sobre Sarnath pertenece a ese período temprano y luminoso en que Lovecraft todavía creía —o fingía creer— en la belleza de los sueños.
Porque este no es el Lovecraft del horror cósmico más descarnado, el de las criaturas innombrables que acechan desde dimensiones imposibles. Aquí el horror lleva túnicas antiguas, huele a piedra húmeda y a agua estancada, y tiene la cadencia solemne de una maldición pronunciada hace mil años. El relato está escrito como si fuera un fragmento de crónica perdida, como si alguien lo hubiera copiado de un manuscrito que nadie debería haber encontrado. Esa voz —distante, ceremonial, casi litúrgica— es uno de los grandes logros del texto, y también su trampa más dulce: uno empieza a leer y sin darse cuenta ya está dentro.
La historia bebe de las mitologías mesopotámicas, de las ciudades legendarias que la arena o el agua se tragaron, de esa fascinación que el siglo XIX legó al XX por las civilizaciones extintas y sus secretos incómodos. Lovecraft transforma ese material arqueológico en algo completamente suyo: una parábola sobre el orgullo, sobre lo que ocurre cuando los hombres deciden que son los únicos habitantes legítimos del mundo y actúan en consecuencia.
Lo que hace grande a este relato no es el sobresalto, sino la acumulación. Lovecraft construye con paciencia de artesano: primero el esplendor, luego la sombra que crece despacio, luego el silencio que lo dice todo. Cuando llega el momento culminante, el lector ya lo ha presentido durante páginas, y esa anticipación —esa incomodidad que no termina de nombrarse— es exactamente el efecto que buscaba su autor.
Hay algo profundamente moderno en esta historia, aunque su superficie sea la de un cuento de hadas oscuro. La idea de que ciertas acciones tienen consecuencias que trascienden generaciones, de que la crueldad fundacional de una civilización no desaparece sino que espera, resuena hoy con una claridad que Lovecraft quizás no imaginó del todo. O quizás sí: era un hombre que leía la historia con atención y desconfianza.
Leerlo por primera vez es descubrir que el miedo puede ser hermoso. Que una prosa cuidada, casi arcaica, puede crear más tensión que cualquier escena violenta. Que hay relatos breves que pesan más que novelas largas, no porque contengan más, sino porque saben exactamente qué dejar fuera.
Sarnath te espera. Resplandeciente, orgullosa, condenada. Entra cuando quieras.