Introducción
¿De dónde sacaron los griegos su asombrosa grandeza? De la lucha, responde el joven Nietzsche en este ensayo deslumbrante. No de una humanidad dulce y apacible —esa es una ilusión moderna—, sino de un instinto competitivo, incluso cruel, que ellos supieron canalizar. «El hombre, aun en sus más nobles y elevadas funciones, es siempre una parte de la naturaleza» y arrastra su «doble carácter siniestro»; y esas «cualidades terribles» son «quizás el más fecundo terreno» del que brota todo lo que llamamos humanidad.
El corazón del ensayo es una idea de Hesíodo: hay dos diosas de la discordia, dos «Eris». Una arroja a los hombres a la guerra destructiva; la otra, bienhechora, los impulsa a rivalizar, a superarse —«el alfarero odia al alfarero, el cantor al cantor»—. Para el griego, la envidia no era un vicio, sino «el efecto de una divinidad bienhechora»: el motor del certamen, del agon. Por eso «por medio de la lucha se ha de acreditar toda cualidad sobresaliente», y por eso el ostracismo no era un castigo sino un estímulo: se apartaba al que era demasiado grande para que no se apagara la competencia.
Nietzsche muestra el reverso: cuando un hombre —o un Estado— queda sin rival, «fuera de concurso», la fuerza contenida se pudre en crueldad y desmesura (el destino de Milcíades, la caída de Atenas y Esparta). Sin lucha, el griego «degenera» y vuelve al abismo prehomérico. Un texto breve y fundamental para entender la fascinación de Nietzsche por el conflicto como fuente de cultura y grandeza.