Introducción
Un hombre hereda, al morir su tío abuelo, una caja cerrada. Dentro hay recortes de periódico, notas manuscritas y una estatuilla de arcilla que representa algo imposible: una criatura con cabeza de pulpo, alas membranosas y garras. En apariencia, no es gran cosa. Pero al ordenar esos papeles, sin proponérselo, empieza a atar cabos entre hechos que nadie había relacionado —sueños que comparte gente que no se conoce, cultos escondidos en pantanos y puertos, marinos enloquecidos en alta mar— y descubre que todos apuntan a un mismo nombre, susurrado en sueños por medio planeta: Cthulhu.
Esa es la trampa de La llamada de Cthulhu, y también su tesis secreta. El relato abre con una de las frases más citadas del terror: «Lo más piadoso de este mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar entre sí todos sus contenidos». Traducido: lo que nos salva es no entender. El día en que unamos las piezas, descubriremos que el universo no fue hecho para nosotros y que llevamos toda la existencia dormidos al borde de un abismo.
Lovecraft lo escribió entre septiembre y octubre de 1926, recién huido de una Nueva York que detestaba, y lo publicó en 1928 en las páginas baratas de la revista Weird Tales. Apenas doce mil palabras. Con ellas, casi sin saberlo, fundó una mitología entera —los Mitos de Cthulhu— y, sobre todo, inventó un miedo que no existía.
Hasta entonces, el terror literario había sido un asunto humano: fantasmas que vuelven a ajustar cuentas, castigos por pecados, un orden moral que se venga. Lovecraft borró ese consuelo de un plumazo. Sus horrores no odian al hombre; ni siquiera lo perciben. Son tan antiguos y tan enormes que nuestra especie entera les resulta indiferente, y esa indiferencia —saber que no somos el centro de nada— resulta mucho más aterradora que cualquier maldición.
Su astucia como narrador está en lo que calla. Casi nunca muestra a la criatura del todo: la insinúa con geometrías que «no encajan», ángulos imposibles, adjetivos que confiesan su propia derrota ante lo indescriptible. El horror se cocina en la cabeza del lector, que siempre teme más lo que entrevé que lo que ve. De esa contención nace una atmósfera espesa, de pesadilla lúcida, que se mete debajo de la piel.
Conviene decirlo: Lovecraft fue un hombre lleno de prejuicios y de miedos, y algunos asoman, incómodos, en sus páginas. Pero su intuición central —que comprender demasiado puede quebrarnos, que el conocimiento es a veces una condena— ha resultado extrañamente profética en una época obsesionada con explicarlo y medirlo todo.
Su sombra es tan larga que ya casi no la vemos: del cine de terror a los videojuegos, del rock a la ciencia ficción, casi todo lo que llamamos «lovecraftiano» nace de este puñado de páginas. Y sin embargo poquísimos vuelven a la fuente, donde el original sigue siendo más inquietante que sus mil imitaciones.
Lo que tienes delante son, también, unos papeles dispersos esperando una mano que los ordene. Empieza a colocarlos, si te atreves; solo recuerda que el sobrino del profesor hizo exactamente lo mismo, y que la advertencia de la primera línea iba, en el fondo, dirigida a ti.