Introducción
Una fábula deliciosa y socarrona de los hermanos Grimm, contada con el aire de un cuento popular que el narrador jura verdadero. Una hermosa mañana de domingo, un erizo sale a pasear por el campo y se cruza con una liebre orgullosa que, con aire burlón, se ríe de sus patas torcidas. Picado en su amor propio, el erizo la desafía nada menos que a una carrera, apostando un luis de oro y una botella de aguardiente. La liebre, segura de sus largas piernas, acepta entre risas.
Pero el erizo tiene un plan. Corre a casa, viste a su mujer —que es exactamente igual a él— y la aposta al final del surco por el que correrá la liebre, mientras él se queda al principio. Cuando la liebre arranca «como un torbellino» y llega al otro extremo, la eriza se levanta y grita: «¡Aquí estoy!». Convencida de haber perdido, la liebre exige repetir; y así, una y otra vez, el erizo o su mujer la reciben en cada extremo con el mismo grito.
La liebre, cada vez más furiosa, corre setenta y tres veces hasta que, a la septuagésima cuarta, cae muerta de agotamiento echando sangre. El erizo se lleva tranquilamente el oro y el aguardiente. «La liebre y el erizo» cierra con una doble moraleja sabrosa y campechana: que nadie debe burlarse del más pequeño, aunque sea un erizo, y que es bueno casarse con alguien de la propia clase. Una joya del humor popular.